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martes, 2 de septiembre de 2014

Lujuria

Mi sistema nervioso reaccionaba ante su presencia. Podía notar cómo se me aceleraba la respiración y se tensaban todos mis músculos.

- ¿Quieres tomar algo? ¿ Café?
- Son las nueve, si tomo café ahora no dormiré.
-¿Sigues con insomnio?
- Sí

El silencio reinaba mi pequeña sala. ¿Qué se suponía que estaba haciendo él aquí? Miraba ensimismada el mueble del televisor buscando desesperadamente un tema de conversación que sacar para romper el incómodo silencio que me ponía de los nervios.

- He hecho galletas de mantequilla, de las que te gustan- Me sorprendí a mí misma diciendo semejante estupidez. ¿Galletas? ¿Era lo mejor que se me ocurría?

Fui a la cocina (si es que puede denominarse cocina a mis dos metros cuadrados de cacharros amontonados en torno a un mini frigorífico y una vitrocerámica de dos fuegos) y cogí un platito en el que aún quedaban unas cuantas galletas de mantequilla. Llevaba varios meses haciéndolas para los cumpleaños de algunos amigos y familia y hace poco había sido el cumpleaños de mi sobrino Raúl, cumplía tres años y aunque nunca me han entusiasmado los niños, éste era un verdadero encanto.

Dejé el plato en la mesita auxiliar y me senté en el sofá, nerviosa. Él no se movió de su sitio, me miraba como quien observa a un animal exótico, con una mezcla de fascinación y rareza.

- Estaba preocupado por ti- Acababa de confirmar todas mis sospechas, había venido por lo del otro día.

- No tienes de qué preocuparte. Fue un simple sueño, ya sabes, mis miedos irracionales a veces toman posesión de mi cabeza- Mi risa nerviosa no ayudaba a reforzar mis argumentos.

Se acercó y se sentó en el sofá, ahora podía oler su colonia. Fahrenheit, de Dior. Ese perfume siempre me ha enloquecido y sé perfectamente que no es por la fragancia en sí, es porque la lleva él. Trataba de disimular mi agitación cogiendo una galleta, le ofrecí una.

- He echado mucho de menos tus galletas, aunque no es lo único que he echado de menos.- Se aproximó a mí y me acarició la rodilla con suavidad. Mi cuerpo empiezó a tensarse y a estremecerse.

<< No va a pasar nada, no va a pasar nada >>  Me repetía mentalmente esa frase mientras él se acercaba cada vez más a mí. Me acariciaba el pelo, aspiraba mi aroma y yo ya estaba  a punto de caer rendida a sus pies.

Estaba perdida, ambos los sabíamos. Era demasiado guapo,  demasiado bueno volviéndome loca. Me reconfortaba su presencia, su mirada, sus brazos. 

De repente noté su boca sobre la mía y me recorrió una sensación de placer y plenitud. Abrí la boca y le incité a entrar en ella, nuestras lenguas se encontraron y se entrelazaron con furia. Le absorbía con mis labios, absorbía todo lo que podía de él.
Sus manos acariciaban mi espalda y antes de que pudiese darme cuenta me había desabrochado el sujetador, sin necesidad de meter las manos dentro de mi camiseta. Era bueno, siempre lo había sido. Sabía bien dónde tocar.

Mis pechos quedaron liberados bajo una fina camiseta blanca de algodón, en seguida deslizó las manos bajo ella y me los acarició con cautela, como si fueran un objeto muy valioso.

- Los he echado de menos a ellos también.

Mi excitación iba en aumento y cuando vi su erección prieta marcada en los vaqueros supe que necesitaba tenerle dentro en ese preciso instante.

- Vamos a la cama- susurré entre gemidos

No perdimos más tiempo, nos levantamos, yo caminaba y él me seguía. En pocos segundos nos encontramos en mi cama de matrimonio (sí, puede que no sea la mejor idea en un apartamento del de mi tamaño pero no iba a renunciar a una cama doble) y en dos movimientos me tenía bajo su cuerpo, apretando su erección con mi entrepierna y volviéndome loca de deseo.

Necesitaba ese contacto, lo necesitaba desesperadamente. Ágilmente se desabrochó los pantalones mientras yo le buscaba moviendo mi pelvis hacia su miembro.

-¡Vamos, hazlo ya!- de mi garganta salía una voz lasciva que nada tenía que ver con mi tono habitual.

Él, sin decir una palabra, liberó su erección mostrándomela en todo su esplendor. ¡oh sí! Podía notar como palpitaba sin ni siquiera tocarla, todo eso iba a estar dentro de mí en unos instantes. Oía como rasgaba el envoltorio de un preservativo mientras mi cuerpo se impacientaba por tenerle dentro. Cuando por fin terminó de ponerse el preservativo, se acercó a mi con suavidad, yo me introduje un dedo para abrirle camino, estaba empapada. Y por fin sucedió, lo estaba haciendo otra vez, me estaba llenando una y otra vez mientras me agarraba con fuerza las caderas.

- ¡Azótame!- <<¿En serio le estaba pidiendo eso?>>

Él, sin rechistar, me dio un pequeño azote en los muslos que apenas me dolió. El azote había resultado, me hacía gemir con más intensidad y moverme para introducirle aún más en mi cuerpo.

-¡Más fuerte! ¡Azótame más fuerte!

Esta vez había conseguido picarme un poco, me enloquecía la sensación. Me embrutecía, empujaba como nunca en mi vida no había hecho. Estaba a punto de eyacular, lo podía notar porque siempre tensaba el cuello antes de hacerlo.

- ¡Azótame otra vez, muy fuerte, quiero que me duela mucho!- Ya no era yo, estaba poseída por el deseo y la lujuria del momento. Nunca me había percatado de lo que me gustaba aquello.

De pronto, él paró de embestirme, salió de mi con mucha brusquedad. Su erección había desaparecido y su cara no presagiaba nada bueno. No sabiendo muy bien qué hacer, decidí ir al cuarto de baño a refrescarme y darle su espacio.

Quince minutos después regresé a la habitación, él ya estaba vestido y sentado al borde la cama con la cabeza gacha. No me miraba, apenas se atrevía a moverse. Me senté muy cerca de él cogiéndole la mano con suavidad. Entonces me miró con tristeza, pude reconocer esa mirada y sabía de sobra lo que venía después.

- Casi había olvidado el motivo por el que cortamos

Silencio, no se me ocurría nada ingenioso para relajar el ambiente. Sabía de sobra que lo que estaba diciendo era totalmente cierto pero sin embargo no podía reconocerlo en voz alta.

- Por favor... no empecemos de nuevo con eso
- Tienes razón, no tiene sentido. He de irme, se ha hecho tarde- Y diciendo esto, se acercó, me dio un ligero beso en la mejilla y salió de la habitación. Segundos mas tarde escuché la puerta del salón. Se había ido.

miércoles, 18 de junio de 2014

Sin aviso

Había pasado una semana desde que hice la entrevista, no había tenido respuesta alguna. “No es culpa tuya, simplemente no es lo que buscaban en ese momento o no han sabido ver tu talento” Es lo que acostumbro a decirme a mi misma en estas circunstancias, pero la cruda realidad es que mi autoestima se ve reducida considerablemente.

Soy una persona insegura, aunque no de esa impresión sino más bien la contraria. Había tenido que aprender a valorarme desde muy pequeña, ya que nadie más lo hacía. No es que me hubiera tocado una familia que no me quisiera o que me tratase mal, no escondía demasiados traumas infantiles (alguno que otro, pero como todo el mundo) pero en mi familia los mensajes positivos y las muestras de afecto se consideraban “tonterías”.

En realidad no es culpa de nadie, mi padre se crió en un ambiente familiar bastante hostil donde no había ningún indicio de amor. Mi abuelo era alcohólico y además (con independencia de su adicción) tenía un carácter bastante peculiar, antisocial y me atrevería a decir que no estaba muy lejos de la psicosis. 
Mi abuela, sin embargo, era un alma creativa, una de esas personas que nacen con un talento y para las que los detalles cotidianos carecen de importancia, una trascendental (o eso dicen, porque yo nunca la llegué conocer).

El por qué se llegaron a enamorar es un gran misterio que nadie ha logrado resolver. El caso es que mi padre no tiene referencia alguna sobre cómo educar tomando como base el afecto, la empatía o la comprensión. Así que, mi infancia no fue de lo más sencilla.

Por suerte mi madre, que aunque no sea la mujer más cariñosa del mundo tiene una capacidad de entrega que sobrepasa los límites naturales, suplió algunas de las carencias con las que yo me iba encontrando.

Aún así, el rol que adquirí fue el de observadora pasivo agresiva sin voz ni voto. Empecé a entender que si yo misma no me decía que era buena en esto o en aquello, nadie lo iba a hacer. Que si yo misma no me valoraba y me preocupaba por mis necesidades (más allá de las primarias como comer , dormir o llevar ropa limpia) nadie más lo iba a hacer. Y aquí estoy ahora, con un ego y una autoestima enorme que se puede derrumbar en segundos porque nunca ha tenido un cimiento de verdad.

Puede que fuera así el modo en que empezó todo, el modo en que creé una barrera impenetrable frente al mundo, una fortaleza falsa con aspecto indestructible que hacía que tener amigos de verdad me fuese difícil y encontrar el amor más bien imposible.

De pronto, me sorprendió el timbre la puerta. Nunca solía venir nadie sin avisar, así que debía de ser algún vecino o un testigo de jehová que se hubiera colado en el portal. No miré por la mirilla (mala costumbre, mi padre siempre me lo repetía).

Allí estaba él. Rubio, con el pelo muy corto y esos ojos azules oceánicos. Nunca me habían llamado la atención los chicos rubios, con ojos y piel clara, pero este era diferente. Tenía una belleza casi magnética, podía pasarme horas mirándole como quien contempla una obra de arte, deleitado.

- ¿Puedo pasar?

- Claro. Pasa.

viernes, 13 de junio de 2014

"Te quiero"

Era domingo por la tarde, siempre había odiado los domingos, era como cargar con una gran losa, una penitencia porque sabes que en unas pocas horas el ansiado fin de semana habrá llegado a su fin.
Sin embargo, ahora que no tenía que madrugar para ir a estudiar o trabajar (aunque igualmente no me gustaba levantarme excesivamente tarde) los domingos eran para mí unos días muy preciados en los que me gustaba pensar que el resto del mundo estaría en sus casas, angustiados por su aplastante rutina mientras yo llevaba una vida hedonista de escritora y Freelance.

Estaba muy de moda aquello de ser Freelance, aunque yo no lo había elegido gustosamente. Mi contrato en una agencia de publicidad se acabó hace cinco meses y tras una búsqueda intensiva de empleo y que sólo me llamaran para dos entrevistas, decidí empezar a trabajar por mi cuenta. Lamentablemente la cosa no estaba saliendo tan bien como imaginé, no quería ni pensar como iba a pagarme el alquiler del próximo mes.

Abrí la nevera, menos mal que mi madre había estado allí hacía pocos días y tenía comida casera para montar un banco de alimentos. No podía entender por qué mis hermanos rechazaban la comida casera de mi madre, ¿acaso les sobraba tiempo para cocinar? Y aunque así fuera ¿Acaso les sobraban ganas? No es que no me guste cocinar, pero cuando tienes que hacerlo día tras día... pierde un poco su encanto. En realidad el encanto está en invitar a tus amigos a casa a cenar y prepararles platos exóticos como Couscous o gazpacho de cerezas.

Al principio organizaba muchas cenas, casi todas las semanas, claro que eso fue antes de lo que pasó con Víctor. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, yo cada día me sentía con menos humor para encuentros sociales y mis amigos ya se habían cansado de insistir en que saliera, apenas me llamaban y no les podía culpar por ello.

Después de dos películas de suspense (típicas del domingo por la tarde) y de haber arrasado con toda la munición de chucherías que tenía en el mueble del salón (tenía que guardar en él comida, medicinas y hasta las velas debido a la falta de espacio) decidí que era hora de irme a dormir, las doce y media era buena hora para acabar la semana.

08.50, una pesadilla horrible me hizo despertar, hasta podría asegurar que había gritado de verdad. Estaba en una consulta médica, tumbada en una camilla blanca, al lado de un monitor con un montón de indicadores cuyo significado yo desconocía. Yo estaba relajada, casi riéndome. Una mujer médico estaba observando los monitores con mucho detenimiento.

Mi amiga Teresa estaba allí conmigo. Teresa era una amiga de la infancia, nos conocíamos desde los tres años pero no teníamos mucho en común. Ella era muy servicial, había estudiado jardín de infancia y le apasionaban los niños y el modelo de vida tradicional, yo, por el contrario, no tenía ningún interés en ese modo de vida. Siempre había querido ser una mujer independiente de esas que viajan mucho con un maletín bajo el brazo, asisten constantemente a reuniones y conocen gente de todas partes.

Sin embargo, a pesar de ser tan diferentes, siempre nos había unido un hilo invisible. Era como mi hermana. Tres veranos atrás (aún vivía con mis padres) me había hecho una contractura justo el día de antes de mis ansiadas vacaciones a la playa. Teresa vino corriendo a mi casa, me ayudó a ducharme y se recorrió el barrio entero buscando un osteópata que me consiguiera cita en el mismo día (Un viernes a las ocho de la tarde, misión casi imposible, pero ella lo consiguió).


- Me voy a casar en un mes- Dije con jovialidad al médico- Así que más le vale no darme malas noticias, a ver si me va a decir que no voy a llegar a contarlo.

- En realidad... No vas a poder casarte, tienes un cáncer en el pulmón. Te queda una semana de vida.

Ni siquiera puedo expresar el horror de mi rostro cuando recibí semejante noticia. Me desperté sudando, con la sensación de estar cayendo inevitablemente por un pozo oscuro en el que no ves el final. Entregándote al final de tu fatídico destino, con la frustración de no poder hacer nada que cambie las circunstancias.

Me desperté sobresaltada y empapada en sudor, y la pesadilla hubiera terminado ahí, cuando me digo a mí misma “tranquila, no es más que un mal sueño” de no haber sido porque cogí instintivamente el móvil y me encontré el siguiente mensaje:

Buenos días X. Puf, acabo de despertarme, lo he pasado fatal esta noche... He soñado contigo, estabas en la calle con tus padres, pálida en muy mal estado y yo quería preguntar qué era lo que te pasaba pero tu madre sólo decía “está muy mal, está muy mal”.
Tengo ganas de verte, Teresa


Mi corazón latía a mil por hora, esto no podía estar pasándome a mí. Nunca había sido demasiado supersticiosa, es más siempre me había considerado un poco escéptica pero aquello me desconcertó hasta atemorizarme.

¿Sería una señal de algo? ¿Me iba a morir? ¿O era una señal de advertencia? Intenté recuperar la cordura, no era más que una coincidencia, a veces pasaba. Había oído hablar de las conexiones entre hermanos gemelos, cuando a uno le pasaba algo el otro podía sentirlo físicamente, ¿no podía ser esto algo parecido? Quizás Teresa había sentido el terror de mi pesadilla.

En ese momento necesitaba alguien que me devolviera a la realidad, alguien con mente fría.

- Tranquilízate- Su voz tenía un efecto calmante sobre mi sistema nervioso. Me había jurado no volver a llamarle nunca más pero esta era una de esas clases de cosas que uno jura a sabiendas de que algún día lo incumplirá y yo, desde luego, lo había incumplido muchas veces .

- ¿Y si es una señal?

- ¿Una seña de qué? Sólo ha sido un sueño, a veces esas cosas ocurren. Voy a mandarte unas técnicas para el control de estrés y malos pensamientos. Te vendrán bien.

¿Técnicas para manejar el estrés? No era eso lo que yo necesitaba en ese momento, un simple “te quiero, todo irá bien” hubiera bastado para calmar mi ansiedad. Pero el ya no estaba en posición de decir eso, y yo no estaba en ninguna posición de esperarlo. Lo nuestro se había acabado, ya era hora de que entendiese que no podía llamarle cada vez que tuviera una pesadilla, o un mal día. Debía aprender a vivir sola.

- Sí, genial, gracias- Contesté sin entusiasmo.

- X, te dejo, entro a trabajar. Te quiero

¿Había dicho que me quería? ¿Pero a qué jugaba?


miércoles, 4 de junio de 2014

Un excéntrico.

El bar no era como lo había imaginado, era una vieja taberna de madera en la que uno no podía esperar encontrar un Mocca Blanco. Al entrar, media docena de hombres de avanzada edad giraron sus rostros para hacerme una no muy discreta inspección.

 La camarera, una chica relativamente joven (y con cara de aguantar mucha galantería a diario) se acercó a mí en cuanto me senté en una de las mesas más alejadas que había, debajo de un espejo lo suficientemente grande para reflejar el local entero.

- ¿Qué te pongo?

 Pedí un té con leche, me parecía que aquello podía resultar demasiado sofisticado para un sitio como aquel, pero era lo único que me apetecía.

La camarera se alejó con desparpajo llevándose los vasos que iba encontrando en el camino en las mesas despejadas. Ya eran más de las dos y cuarto y nadie se había acercado a mí, aquella situación empezaba a hacer que me sintiera incómoda. Estuve tentada de levantarme varias veces y olvidarme del pasaporte, pero ya que había llegado hasta allí, no tenía nada que perder.

Escuché la puerta del bar abrirse, como tantas veces había pasado durante rato que llevaba sentada, pero esta vez me giré intuitivamente, un hombre no demasiado alto, de pelo negro (caído hasta los hombros con unos bucles perfectos) y ojos azabache de gran tamaño se acercó a mí con paso seguro.

Me levanté mecánicamente para saludarle, pero él se detuvo en seco, clavando sus ojos en los míos de manera casi escalofriante, me hizo palpar mi propia inseguridad, podía notarla en el ambiente como el humo de un cigarrillo.

- Buenas noches...Yo soy X- Balbuceé intentado mirarle a los ojos mientras le extendía mi mano.

¡Dios mío! Estaba tartamudeando, no me sentía así desde que, en primaria, la profesora de matemáticas me sacaba para preguntarme las tablas de multiplicar. Por supuesto yo nunca me las sabía, odiaba las matemáticas más que a ninguna cosa en el mundo. Hoy en día siguen sin gustarme pero he de admitir que las respeto

Él me miró impasible, cogió mi mano con delicadeza y besó el dorso. ¿Pero qué clase de persona hace eso en el Siglo XXI? Debía ser alguna especie de loco, un excéntrico. El hombre debió palpar mi miedo porque en seguida soltó mi mano con algo de  brusquedad.

 Su sonrisa era amplia y encajaba perfectamente con su rostro. Tenía unos labios perfectamente definidos, gruesos y bastante apetecibles.


- ¿Qué estás tomando?- Preguntó con voz grave mientras miraba con desaprobación mi taza de té.

- ¡Lydia! Trae dos cañas, cuando puedas- La camarera le dedicó una sonrisa (tenía varios dientes torcidos y fue algo desagradable) y se presentó con dos espumosas y chorreantes cervezas.

- ¿Cómo va la noche, Rober?- Preguntó sin mirarle a la cara, mientras dejaba las cervezas en la mesa y limpiaba la mesa de al lado con un paño sucio.

- Ya sabes como está la cosa, y las migrañas no desaparecen, creo que voy a drogarme un poco y me iré a casa.

Lydia sacó del bolsillo del delantal una cápsula de algo que yo identifiqué como Paracetamol y se lo tendió sobre la mesa. Él se lo metió en la boca, sin necesidad de agua, y se lo tragó sin ningún esfuerzo.

Yo miraba la escena, como una espectadora, aquel ambiente era sin duda un tanto peculiar. Y ese hombre me intrigaba, su mirada severa y su voz grave contrastaban con su escasa altura y su melena desenfadada.

- Gracias por llamar- Me precipité a decir mientras miraba a mi al rededor, nerviosa.

- ¿No vas a beberte la cerveza?- Fue su elocuente respuesta. Yo negué con la cabeza (no me 
entusiasmaba mucho la cerveza), entonces se abalanzó sobre mi vaso y se la bebió de un trago.

Se levantó de la silla como si de repente tuviera una urgencia y se encaminó a la barra, donde dejó un billete sobre la barra. Sin esperar cambio ni respuesta alguna de la camarera, abandonó el local. Cuando fui consciente, me levanté de un brinco y me precipité a la barra para pagar mi té.

- No te preocupes cielo, ya está todo pagado- Respondió Lydia con desdén.

Salí corriendo del local y allí estaba, el hombre misterioso apoyado en un taxi mal aparcado en la puerta del bar, fumando un cigarrillo mientras miraba al vacío.


Cuando hubo acabado de fumar, tiró el cigarrillo al suelo, pisó la colilla y se montó en el asiento del conductor. ¿Acaso esperaba que me subiera con él, con un completo desconocido con aspecto de psicópata? Esto ya era demasiada excentricidad. Me asomé a la ventanilla del copiloto y la golpeé con los nudillos, él la bajó casi de inmediato.

- Esto... ¿Podrías darme la carpeta, por favor?- Me sorprendió la docilidad con que salían mis palabras, yo siempre había sido una chica fuerte e imponente que no se dejaba amedrentar.

- ¿Vas a algún sitio ahora?- Su pregunta me dejó desconcertada, ¿Cómo que si iba a algún sitio? Era evidente que no iba a quedarme en ese mugriento bar.

- No tengo muchas ganas de salir, me vuelvo a casa- <<si es que me das la carpeta algún día-pensé>>

Sube. Casi como si fuera una orden, me senté en el asiento trasero y me puse el cinturón.


Él rió con entusiasmo .- ¿Qué haces ahí sentada? No pretenderás que vaya de taxista, ¿no?, menuda falta de respeto- Noté una nota de humor en su áspero comentario y eso me relajó. Aún así, yo cada vez estaba más perdida, lo único que tenía claro es que aquel era un hombre muy muy raro.

Una vez acomodada en el asiento del copiloto pude ver mi carpeta tirada a mis pies, la cogí con cuidado y la examiné para comprobar que estaba todo lo que recordaba que tenía dentro. El trayecto se me hizo mucho más largo que al venir en bus, no había música ni conversación, salvo cuando un camicace intentó adelantarle por la derecha, que se puso a insultarle a voz en vivo como si así tuviera más opciones de que el otro conductor le escuchase.

Finalmente llegamos a mi calle, sentí alivio y estaba algo apesadumbrada.

- Muchas gracias por traerme, ¿Seguro que no quieres que te pague el trayecto?- El negó con la cabeza.

- No, niña, hoy es tu día de suerte- <>. - Además, ya me lo he cobrado por otro lado, me ha gustado mucho tu historieta- ¿A qué se estaba refiriendo? ¡Oh, no, no...!

¿Has leído el fragmento de mi novela?- Pregunté con voz trémula. No me hacía falta una respuesta, era evidente que no sólo lo había leído, sino que lo había estudiado con profundidad.

- No escribes mal, pero hay algo que debes saber

- ¿Qué?

- No tienes ni idea de sadomasoquismo


miércoles, 21 de mayo de 2014

Giro

-  X, por favor, puede pasar a la consulta- determinó la enfermera con tono impaciente.

 Siempre había sentido una gran curiosidad por la actitud hostil del personal sanitario, aunque no era ningún secreto el descontento general de este sector, no entendía como podía consentirse este comportamiento en un servicio tan delicado como el de la salud. Bastante desconcertante era ya acudir a un lugar con el que estás poco familiarizado, a tratar algo tan relevante como tu salud, como para que encima te trataran como si fueses un estorbo y te estuvieran haciendo un favor por atenderte en consulta. No tuve tiempo de seguir con la línea de mis pensamientos, cuando la enfermera me hizo un gesto malhumorado para que me apresurase a entrar en la sala.

Mi ginecólogo habitual era una mujer morena, de unos cuarenta y cinco años, blanca de piel, por su acento me atrevería a aventurar que debía proceder del Este de Europa. Me saludó con una cordial aunque escueta sonrisa y me señaló la silla para que tomase asiento.

-  Vienes a por los resultados... ¿Verdad?- Vaticinó mientras tecleaba algo en su ordenador sin demasiada soltura.

-  Sí... Así es- No pude decir nada más elocuente, los nervios se estaban apoderando de mí, aquella sala tenía un efecto aterrador y ni siquiera era capaz de mirar al frente.

Después de una larga espera (aunque en realidad no creo que fuese más de un minuto), pulsó una tecla y la impresora empezó a sacar un papel blanco con lo que parecía el resultado de mi prueba.
La mujer me tendió el papel, sin mirarme, y siguió atendiendo a su pantalla.

 Apenas pude entender la mitad de las palabras que había en la hoja, pero sólo necesitaba una que me devolviera a mi estado de paz, y allí estaba, nunca hubo una palabra más preciosa: Negativo.

 Suspiré con alivio y al segundo me reprendí por haber sido tan estúpida, si fuera tan fácil quedarse embarazada ya habría un superávit inabarcable en el mundo.

-  ¿Entonces no estoy embarazada, verdad?- Aunque pueda resultar absurda la pregunta, no pensaba irme de aquella consulta sin tener la confirmación a voz viva de que aquello era real.

-  Ya has leído que es negativo- me confirmó con frialdad. -¿Algo más querías?

Apenas pude reprimir una mirada de descontento, y creo que también en mi tono de voz se debió notar mi irritación.

-  Quiero saber por qué tengo los períodos tan descontrolados, la causa de la amenorrea, que es por lo que estoy aquí.

-  Sus ojos azules se clavaron en los míos, pero no me produjeron emoción alguna, casi era como tratar con una máquina, un vacío oceánico se adentraba en mis pupilas.

-  Probablemente sea un descontrol puntual. Si has estado nerrviosa o has trastocado algún hábito... Eso no tiene imporrtancia.

Así finalizó mi consulta, con una reprimenda de mí misma por ser tan asustadiza y con la indiferencia total de mi ginecólogo, cosa que, por otro lado, no me sorprendía en absoluto.

Otro viernes noche que decidía quedarme en casa, apenas tenía vida social últimamente, y ciertamente no era por falta de tiempo (excusa que ponía incansables veces para escaquearme de eventos y otras formalidades a las que me invitaban amigos y gente de mi gremio) pero yo sabía que la verdadera razón no era esa, estaba agotada emocionalmente de la gente, hasta de mis más íntimos amigos. 

La expectativa había sido siempre uno de mis grandes problemas, esperaba demasiado de todo el mundo y no me había dado cuenta de que la mitad de las cosas que las personas nos tomamos como ofensas a nivel personal no son más que descuidos inocentes que en ningún momento tienen la intención maquiavélica que muchos le atribuimos.

El problema de llegar a este punto de entendimiento es que las cosas se volvieron mucho más aburridas, la simplicidad de la gente y la falta de expectativa hacia sus comportamientos iba haciendo que, poco a poco, todo se convirtiera en un proceso vacío con el que yo no me sentía demasiado enriquecida.

Si todos tenemos excusa para no cumplir con una expectativa, no conseguía ver el significado de las relaciones. Me asombraba la poca empatía que podían tener las personas, o la falta de visión quizás, de anticipación.
 En cualquier caso, me cansé de la gente, me cansé de sus aportaciones, me cansé de los compromisos sociales, y me cansé también de tener que fingir entusiasmo cuando lo único que quería era llegar a casa y quedarme sumida en mis pensamientos sin tener que intentar explicar mi visión del mundo a cada paso, no porque fuera muy recelosa con mi manera de verlo, sino porque me parecía una absoluta pérdida de tiempo.

Así que mis viernes noche se reducían a quedarme en casa, tirada en el sofá, leyendo a Flaubert y comiendo algo que tenía que haber sido previamente seleccionado con minuciosidad para que no le sentase mal a mi delicado estómago.

En medio de mi calma y de quedarme adormilada en el sofá mientras veía una sitcom de humor que no había conseguido engancharme del todo, sonó en mi teléfono la melodía de The Script que llevaba ya unos años sin cambiar. Me sobresalté del sofá y corrí en busca del teléfono que había dejado en la mesa auxiliar (en la que comía y también escribía, porque era la única mesa de la casa).

Cuando al fin lo encontré la llamaba se había interrumpido, era un número desconocido. Pensé que podía ser de la entrevista, pero pronto recordé la hora que era y lo descarté por completo. Recé para que no fuera alguna proposición de salir de alguna de mis amigas y me dispuse a rellamar tentada por la intriga. Tras cinco tonos, decidí desistir, volviéndome a tumbar en el sofá, pero al cabo de un largo rato el teléfono volvío a sonar, esta vez fui más rápida y logré cogerlo al segundo tono.

- ¿Sí?
-  Hola, ¿puedo hablar con X?- Una voz grave, quebrada y masculina pronunció mi nombre con una armonía que no me terminó de disgustar.
-  Sí, soy yo- La intriga se apoderaba de mi voz, al fin y al cabo que me llamase un extraño un viernes por la noche era lo más excitante que me había ocurrido en meses.
-  Te llamaba porque te dejaste en mi taxi una carpeta el otro día, pensé que querrías recuperarla.

La emoción que me recorría expiró por completo, ¡la carpeta!, ni siquiera había notado su ausencia, además no había nada interesante en ella, tan sólo un par de currículums y unas cuantas páginas de la novela, nada que no pudiera volver a imprimir en unos segundos.

-  Oh, no se preocupe, no hay nada importante en ella, puede tirarla si quiere- En mi voz se debió notar la decepción que sentí al conocer finalmente la causa de la llamada.
-  Normalmente nunca suelo llamar para devolver nada, entre otras cosas porque no son cosas en las que aparezcan los números de contacto... Pero en la carpeta también está su pasaporte, y me pareció adecuado llamarle para devolvérselo. Por experiencia sé que es una pesadilla el trámite, además del coste que implica.

¿Mi pasaporte? ¡Joder, no sabía que estuviera ahí! De pronto recordé por qué lo había guardado ahí.. Sentí un enorme agradecimiento hacia aquel taxista, nunca más volvería a sentir cierta hostilidad hacia esa profesión.

- ¡Oh, no lo sabía!- Logré decir educadamente- Claro, dígame dónde quiere que vaya a recogerlo y allí estaré.
-  Suelo parar a tomar a tomar café en una cafetería del centro que está abierta hasta altas horas de la noche. ¿Quieras anotar la dirección? Estaré allí a eso de las dos
-  Está bien, allí estaré- Casi sentía como si me lo estuviera ordenando, yo nunca solía salir sola a esas horas de la noche, pero esta vez no tenía alternativa. Antes de que pudiera darme cuenta, el taxista ya me había colgado el teléfono, ni siquiera una cordial despedida.

Miré en Google Maps la localización del sitio, conocía más o menos la zona pero nunca había ido sola ni sabía exactamente cómo llegar, además a esa hora probablemente ya no hubiera ni metro. Recordé que había un autobús nocturno que paraba muy cerca de mi casa, sería mejor que el metro y tenía tiempo de sobra para perderme antes de llegar.

 Me metí en la ducha, tarareando (como siempre) alguna de las canciones que había oído recientemente en la radio. Me sequé el pelo rápidamente, sin mucho esmero, y me puse unas medias negras con un pantalón vaquero corto por encima, y mi cardigan gris favorito. Cogí mi MP3, y ya estaba lista para ir en busca de mi pasaporte perdido. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Pánico

Me puse mi pijama de manga corta (a pesar de estar en febrero me gusta sentir el contacto de las sábanas en mi piel) y fui a la cocina a prepararme algo de cena.

El despertador interrumpió bruscamente un cálido sueño que, aunque no pueda recordar, me hacía sentir en paz, como un placentero día de primavera con la suave brisa del mar acariciando los frágiles cuerpos que se atreven a caminar por el lecho de las olas. Las diez y media, y de nuevo el parpadeo del teléfono llamando mi atención. Tenía dos llamadas perdidas del mismo número que aparecía ayer en el teléfono. Pulsé el botón de llamar con un nerviosismo notorio, una voz de hombre me contestó. En menos de dos minutos mi vida había dado un giro, tenía una entrevista con una de las mejores editoriales del país, tenía que estar allí a las doce de esa misma mañana y aún ni siquiera me había duchado.

La emoción recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica, ¿y si por fin había llegado mi oportunidad? ¿y si pasaba de ser una escritora frustrada a ser una agente literaria con un sueldo normal, con una vida estructurada y una esperanza de futuro? Me duché tan rápido como pude, me puse un vestido negro de media manga y unas medias grises tupidas, cogí la carpeta donde guardo mis currículums y las pocas páginas de la novela que había impreso, y salí escopetada hacia la boca de metro.

La entrevista no había ido demasiado mal, aunque esperaba encontrarme con alguien más que una Recursos Humanos de poco más de veinticinco años, pero había sido un encuentro distendido y ameno en el que no creía haberme desenvuelto con demasiada torpeza. Cuando salí del edificio, tras entregar en admisión mi tarjeta de “visitante”, me encontraba exhausta a causa de la emoción transcurrida hasta el momento. Me detuve un instante en una cafetería para comprar un mocca blanco (mi favorito) y seguí caminando disfrutando del ambiente vital de las mañanas en el centro de la ciudad, pasar por las pastelerías que desprendían el aroma a croissant recién hecho era toda una tentación.

Cogí mi móvil para mirar la hora (no acostumbraba a llevar reloj y menos en esta ocasión, para no caer en el horrible error de consultar la hora durante la entrevista), tenía un aviso gigante en la pantalla, ¡Mierda! Sabía que hoy se me había olvidad algo, la cita con el ginécologo era dentro de una hora y tenía que llegar hasta el barrio donde vivían mis padres, tiempo atrás había pensado en empadronarme en mi nuevo domicilio, pero al final por una razón u otra nunca lo había hecho. Me detuve delante de la boca de metro intentando calcular si llegaría a tiempo, pero tardaría más de una hora ahora que habían recortado los servicios, tenía que hacer tres interminables transbordos que siempre había aborrecido hacer cuando vivía con mis padres. Como una señal del destino, un taxi se paró delante de mí, al lado de un paso de cebra. Le miré para comprobar que aprobaba que me subiera, abrí la puerta a toda velocidad y me senté en el asiento trasero de detrás del copiloto.

Nunca me había sentido muy cómoda cogiendo taxis, no me gustaba el silencio incómodo que se generaba, ni tener que pensar constantemente en la ruta que tomar para asegurarme de que no intentaban llevarme por la ruta más larga, en general no me fiaba de los taxistas, ni de sus desorbitadas tarifas. Cogí el móvil para comprobar mi correo electrónico, y sin levantar la vista de él le indiqué al conductor la dirección, señalando la autovía que debía coger para llegar lo antes posible.

Después de lo que a mí me pareció una eternidad, llegué a la calle principal donde se encontraba en centro de salud, pagué al taxista y salí corriendo para no perder mi cita (habían tardado seis meses en dármela, no podía perderla otra vez). 

Al llegar, ya pude respirar el olor aséptico y el clima hostil que, a mi juicio, desprenden esta clase de lugares. Cogí el ascensor y llegué a la segunda planta, me conocía bien las consultas así que no tardé en encontrar la sala de mi ginecólogo. 

Tras esperar más de media hora (me podía haber ahorrado la carrera, y la del taxi también) salió una enfermera a recoger los volantes. Había cinco mujeres más esperando para la misma sala, dos de ellas embarazadas.

 Mi nerviosismo iba en aumento, necesitaba entrar a la consulta, con todos los nuevos acontecimientos casi había olvidado el tema que me traía hasta aquí, llevaba dos meses sin el período y era muy probable que estuviera embarazada.

 Había intentado borrarlo de mi cabeza. ¿Embarazada yo? ¿Cómo había podido dejar que me ocurriese algo semejante? Siempre había tenido cuidado, nunca me había expuesto a riesgos innecesarios, sin embargo, el retraso era inminente y mis síntomas, lapidarios.


lunes, 12 de mayo de 2014

El inicio de una historia

Abrí el documento de texto. Odiaba cada palabra que había escrito, era tan mediocre, tan predecible, que me provocaba náuseas. Supongo que es lo que pasa cuando escribes, no por deleite, sino por lucro ¿Pero, qué mas podía hacer? Apenas me alcanzaba el dinero para pagar el alquiler del piso, si es que podía llamarse piso a aquella habitación de treinta metros cuadrados a las afueras de la ciudad.

Cuando vi por primera vez el lugar, no pude ocultar el espanto en mi rostro, era completamente un viejo trastero lúgubre cubierto de polvo y de frialdad, lo menos parecido a un sitio habitable que había visto en toda mi vida, pero no podía permitirme otra cosa, así que acepté quedármelo.

Lo peor de todo fue la cara de mi padre al verlo, empezó a sacarle pegas a todo, que si la fontanería estaba en mal estado, el sistema eléctrico era peligroso, los saneamientos había que tirarlos... la verdad es que yo entendía poco de lo que estaba hablando pero cuando escuché cosas como que “no habría presión de agua cuando me duchase” o que “no podría tener muchos aparatos a la luz o saltarían los plomos” llamé inmediatamente al propietario y le dejé entendiéndose con mi padre.

Al final arreglaron bastantes cosas antes de que me mudase, y una vez se quedó la habitación vacía de trastos, mi padre y yo nos pusimos manos a la obra. Pintamos las paredes de color salmón clarito, él, que se había dedicado toda su vida a la albañilería, me alicató el mini cuarto de baño con unos azulejos preciosos que encontramos de oferta en una fábrica de las afueras, y con eso y unos muebles de Ikea,que casi hacen que perdamos la cabeza al intentar montar, lo habíamos transformado en un bonito "apartamento". Mi estado era eufórico, dado que era la primera cosa que me pertenecía sólo a mí, el inicio de mi ansiada independencia. Y ahora no podía ni permitirme eso, estaba a punto de perder lo poco que había conseguido en la vida.

No podía volver a casa, el recuerdo del año que había pasado después de licenciarme me asfixiaba, necesitaba la independencia que tanto me había costado conseguir, retroceder no era una opción.

Mi móvil no paraba de sonar, pero no me hacía falta mirarlo para saber quién era. Contesté a los mensajes y puse el móvil en silencio, tenía que concentrarme en escribir. Después de media hora ante el teclado, escribiendo palabras forzadas y borrándolas en el acto, decidí que necesitaba salir a tomar el aire. Me gusta mi barrio, no está mal comunicado con el centro, es pequeño y muy acogedor, y tiene un pequeño lago escondido que poca gente conoce y que es algo así como una de mis siete maravillas.

Caminé por el parque que me conducía hasta él, un parque natural atravesado por un estrecho riachuelo. Tras haber andado más de media hora, llegué al lago, escondido entre los matorrales, recibiéndome con su gran calma e invitándome a la evasión. Me gustaba sentarme cerca de la orilla y observar la quietud de las aguas, y a las ocas danzando sobre su superficie con gran majestuosidad. Sí, aquel lugar era, sin lugar a dudas, una de mis siete maravillas.

Cuando empezó a anochecer, regresé a casa, liberada, como si me hubiera quitado una gran carga de mis hombros. Al llegar vi mi teléfono parpadeando sobre la pequeña mesa de la sala, había olvidado por completo llevarme el móvil, cosa que no era muy usual en mí. 

Más mensajes, esta vez de preocupación ante mi prolongada ausencia. También había una llamada de un número desconocido de hacía poco más de media hora, pero ya eran las nueve, tarde para intentar averiguar de quién se trata.


lunes, 28 de abril de 2014

La historia de Caperucita

Sola, perdida en medio de esta sobredosis de hospitalidad, no me queda nada a lo que aferrarme, pues nadie vela por mí. Tan sólo lo hacía él, pero ya no está. Bueno, más bien soy yo la que ya no está, pero no estoy ni para mí misma, o en realidad nunca lo estuve.

Miro a aquel hombre y pienso en lo mucho que tiene y en lo poco que tengo yo. Él tiene amor y yo no tengo ni amor para mí misma ni a nadie que sea tan valiente como para amarme. Él lo es, pero porque en realidad no es consciente de dónde se mete. Soy incapaz de amar a nadie, ni siquiera puedo quererme a mí, tan sólo quise una vez a mi gato, que murió hace algunos años, y eso que él sólo venía a mí por interés... No era mi mascota, más bien era yo la suya. Y cuando murió, lloré, pero no lloré porque me dejase sola (como había hecho con mi tío) lloré por él, porque se había ido para siempre y no sabía realmente a dónde. Lloré porque no era justo que se acabara la vida de un ser tan poco complejo, que sabía disfrutar de los placeres sin atormentarse. Se le privaba de vivir.

Y me di cuenta en ese instante de que yo, por el contrario, me recreaba en mi complejidad, sólo era feliz en mi infelicidad "Carpe diem" sí, pero disfruta de tu infelicidad momentánea porque es la única manera de vivir la vida de verdad.

La búsqueda de la felicidad en el fondo no es más que una excusa para seguir siendo infelices y buscar los caminos más complejos. ¿Hubiera sido más feliz Caperucita de haber elegido el camino corto y no dejarse embaucar por el lobo?

La historia de Caperucita no existiría, Caperucita no era un pobre ingenua, era un alma en busca de la felicidad, que a pesar de saber que aquel lobo no era de fiar se dejó guiar por él, no con la esperanza de que la guiara por el buen camino sino con la fiel esperanza de vivir, vivir sufriendo, que al fin y al cabo es la única manera de saber que estamos viviendo.

Sin sufrimiento no hay verdadera sensación de vida, si quitamos el sufrimiento a la vida, la simplificamos a nada. Nos convertimos en seres autómatas que ni sienten ni padecen. Un ejemplo claro es el amor, el amor mueve montañas, te hace volar, hace que vivas en un mundo paralelo... ¿Pero realmente es el amor el que hace esto? ¿No es la expectativa de dolor ante la pérdida la que nos hace aferrarnos a las cosas? ¿No es el sufrimiento lo que nos fideliza?

Cuanto más amas más sufres, pero cuanto más sufres, más amas.

Y seguro que vosotros sois capaces de entenderlo mejor que yo, que nunca he amado a nadie.

domingo, 13 de abril de 2014

ATENTADO

Mírate al espejo una vez más, fíjate en tu rostro y en lo aliñado que vas. Cambia tu peinado a uno más actual.
Sonríe, tu imagen es muy importante.Come bien, mantén tu figura, es lo primero que entra por los ojos, pero hazlo bajo falsos pretextos de salud, agilidad física, y otras invenciones sobre lo bueno que es beber tres litros de agua.

Acude a exposiciones de arte, ve al cine (VOS, por supuesto), a ver películas que enriquezcan tu mente y te hagan olvidar lo que duele que la calle sea la calle, y que la gente de tus películas francesas no abunde entre tus círculos, y ni siquiera fuera de ellos.

Lee cosas que te hagan parecer interesante. Escucha música que convierta tu mundana vida en un videoclip indie y que emocione tus momentos, aunque ni entiendas la letra.

Escribe en tu blog, ese que apenas nadie se molesta en leer, y tú te indignas porque ¿Cómo es posible que al resto de la humanidad no le interese tu basurero emocional?

Mantén tu mente ocupada, mientras tengas que preocuparte por cuántos litros de agua tienes que beber, qué conjunto realzará mejor tu figura, cuál es el corte de pelo que más te favorece, qué novela te dará más puntos ante los intelectuales, qué música hará que te centres aún más en ti mismo y tus momentos, qué nuevos proyectos llenarán tu tiempo creándote una falsa sensación de plenitud, mientras hagas todo esto, no tendrás tiempo de pensar en nada más.

Enhorabuena, has llenado TU vida con tus TÚ.

¿Con qué la ibas a llenar entonces? 

lunes, 7 de abril de 2014

La vida es esto

La vida es esto. La vida es despertar y tener algo banal y absolutamente cotidiano que nos ayude a levantarnos de la cama.

 La vida es pasear por lugares que, aunque hayamos visto cientos de veces, nos deleiten sin tener algo particularmente especial.

 la vida es poder recordar aquello que nos pasó y querer que pase aquello que luego podamos recordar.

La vida es un camino, a veces pesado, arduo, otras ligero y terriblemente fugaz.

 La vida es conocer personas que te atrapen y no sean más que simples pasajeros transitorios y otros que no tenían un efecto tan magnético sobre ti, se quedan para caminar contigo haciéndote ameno el viaje.

A veces la vida consiste en esperar al amor verdadero, otras simplemente en descubrir la verdad sobre el amor.

 La vida es simple, secuencia de días poco señalados en su gran mayoría, y sin embargo, la vida es lo más complejo de la vida.

miércoles, 2 de abril de 2014

El día que las cosas cobraron vida

Aquí te siento, vivo
Aquí me siento, libre
Aquí te siento, mío
Aquí me siento, yo

No miro al horizonte
Ni las huellas al pasar 
Ya no temo más la muerte
Ya no temo el caminar 

Ven a hacerme más tuya
Ven a hacerme vibrar
Ven que no tengo miedo
Ven si vienes a amar 

Vacíame los bolsillos
Más mi alma has de llenar
Elévame hasta los cielos
Despoja lo terrenal

Déjame ver con tus ojos
Que esconden una verdad
Déjame ser cual tesoro
Que guardas sin ocultar

Y cuando alcance tu gloria
No me importará perderme
Extasiada en tu memoria
Si el regalo fue tenerte

N.B

miércoles, 26 de marzo de 2014

Vivir

Incesable la sensación de pérdida, la increíble certeza de haber vuelto a acabar en el mismo punto, en el mismo camino por el que ya apenas recordaba haber pasado, como en un sueño muy lejano que no estaba demasiado segura de haber vivido. Y aquí estoy de nuevo, decidiendo que fatídico camino tomar para poder simular eso que algunos dicen incansablemente, "seguir con mi vida"... ¿Y qué era mi vida antes? Apenas lo recuerdo, apenas me importa. Recuerdo las emociones desde la lejanía, como un mero espectador que se burla de las trivialidades de la vida, sin empatía alguna, juzgando la mediocridad de los actos humanos, sin expectativa ni prejuicio.

Ya no siento miedo a la soledad, ni siquiera siento miedo al dolor, he tirado aquel dichoso listón que me perseguía a todos lados marcando "la pauta", el mínimo establecido, ya no exijo, no espero, no quiero, no doy más de mí.

Me cuesta un trabajo infinito actuar, no quiero tener que decidir un camino, no quiero adoptar una actitud proactiva ni adelantarme a los problemas, no quiero hacer lo que se espera de mí. No quiero cumplir con lo que yo misma esperaría de mí, la carencia de expectativa ha de empezar por mí misma, dejaré de exigir.

El desgaste emocional, los residuos de una vida contaminada por la dependencia, la pena, la entrega carente de meritocracia, la necesidad constante de no hacer repaso de malos caminos, mellan en mi cabeza como una constante gota de un liquido espeso que amedrenta mi voluntad.

Ni determinación, ni objetivo, ni ejecución. Quiero poder perderme así, con actitud pasiva hacia lo que ya no interesa retomar, o no interesa dejar, cual fumador adopta para no dejar el hábito, impasible ante el conocimiento de las consecuencias, sin miedo.

Vivir, vivir en el sentido más amplío
Vivir sin el desgaste, vivir al fin
sin protector ni desvalido
sin muerte y sin herido
vivir porque he vivido


martes, 28 de enero de 2014

Berta no puede dormir

La condena de una noche despierta se cernía sobre ella. No podía imaginar algo más excitante que mantenerse activa mientras la ciudad dormía. Sin embargo, su conciencia no le dejaba disfrutar de su relativa "libertad". Reconducir sus hábitos no iba a ser una tarea sencilla, no porque le faltase disciplina o determinación sino porque le faltaba deseo. Era la noche el único momento del día en que Berta podía sentir el mayor desahogo, su soledad era paliada con aficiones gratificantes que avivaban su alma y llenaban su corazón.

Luego llegaba, cómo no, la terrible hora en que su conciencia se apoderaba de su cuerpo y toda la actividad debía de cesar dejando paso a lo onírico. La inquietud regresaba y la frialdad amenazaba con quedarse como huésped. Sentía la aproximación de la oscuridad, y el temor se acentuaba cada instante. No había espacio para el raciocinio, la sensación dominaba su cuerpo y su alma.

-¡NO!- Un grito desgarrador surgió de su garganta. Su débil cuerpo temblaba y la palidez de su rostro se acentuaba con la tenue luz de su lámpara de noche. Su cabeza no paraba de oscilar entre ideas mortuorias que encogían sus entrañas. Con dos palabras podía describir su estado: vulnerable y resignada.

Cuando el sol hizo acto de presencia, Berta consiguió dormir bajo la falsa ilusión de estar amparada por la luz. Desde entonces teme la noche, aunque sigue siendo el único momento en el que disfruta plenamente de su yo más íntimo, el momento en el que sus ideas más brillantes florecen. Aunque luego, por la mañana, todo parece cegado por la luz y los acontecimientos pasados parecen meros recuerdos borrosos de algo que no se sabe con certeza si fue real o una burla más del subconsciente.

Así aprendió Berta que se puede temer lo que más se ama.