Abrí
el documento de texto. Odiaba cada palabra que había escrito, era
tan mediocre, tan predecible, que me provocaba náuseas. Supongo que
es lo que pasa cuando escribes, no por deleite, sino por lucro ¿Pero,
qué mas podía hacer? Apenas me alcanzaba el dinero para pagar el
alquiler del piso, si es que podía llamarse piso a aquella
habitación de treinta metros cuadrados a las afueras de la ciudad.
Cuando
vi por primera vez el lugar, no pude ocultar el espanto en mi rostro,
era completamente un viejo trastero lúgubre cubierto de polvo y de
frialdad, lo menos parecido a un sitio habitable que había visto en
toda mi vida, pero no podía permitirme otra cosa, así que acepté
quedármelo.
Lo
peor de todo fue la cara de mi padre al verlo, empezó a sacarle
pegas a todo, que si la fontanería estaba en mal estado, el sistema
eléctrico era peligroso, los saneamientos había que tirarlos... la
verdad es que yo entendía poco de lo que estaba hablando pero cuando
escuché cosas como que “no habría presión de agua cuando me
duchase” o que “no podría tener muchos aparatos a la luz o
saltarían los plomos” llamé inmediatamente al propietario y le
dejé entendiéndose con mi padre.
Al
final arreglaron bastantes cosas antes de que me mudase, y una vez se
quedó la habitación vacía de trastos, mi padre y yo nos pusimos
manos a la obra. Pintamos las paredes de color salmón clarito, él,
que se había dedicado toda su vida a la albañilería, me alicató
el mini cuarto de baño con unos azulejos preciosos que encontramos
de oferta en una fábrica de las afueras, y con eso y unos muebles de
Ikea,que casi hacen que perdamos la cabeza al intentar montar, lo
habíamos transformado en un bonito "apartamento". Mi estado era
eufórico, dado que era la primera cosa que me pertenecía sólo a
mí, el inicio de mi ansiada independencia. Y ahora no podía ni
permitirme eso, estaba a punto de perder lo poco que había
conseguido en la vida.
No
podía volver a casa, el recuerdo del año que había pasado después
de licenciarme me asfixiaba, necesitaba la independencia que tanto
me había costado conseguir, retroceder no era una opción.
Mi
móvil no paraba de sonar, pero no me hacía falta mirarlo para saber
quién era. Contesté a los mensajes y puse el móvil en silencio,
tenía que concentrarme en escribir. Después de media hora ante el
teclado, escribiendo palabras forzadas y borrándolas en el acto,
decidí que necesitaba salir a tomar el aire. Me gusta mi barrio, no
está mal comunicado con el centro, es pequeño y muy acogedor, y
tiene un pequeño lago escondido que poca gente conoce y que es algo
así como una de mis siete maravillas.
Caminé
por el parque que me conducía hasta él, un parque natural
atravesado por un estrecho riachuelo. Tras haber andado más de media
hora, llegué al lago, escondido entre los matorrales, recibiéndome
con su gran calma e invitándome a la evasión. Me gustaba sentarme
cerca de la orilla y observar la quietud de las aguas, y a las ocas
danzando sobre su superficie con gran majestuosidad. Sí, aquel lugar
era, sin lugar a dudas, una de mis siete maravillas.
Cuando
empezó a anochecer, regresé a casa, liberada, como si me hubiera
quitado una gran carga de mis hombros. Al llegar vi mi teléfono
parpadeando sobre la pequeña mesa de la sala, había olvidado por
completo llevarme el móvil, cosa que no era muy usual en mí.
Más
mensajes, esta vez de preocupación ante mi prolongada ausencia.
También había una llamada de un número desconocido de hacía poco
más de media hora, pero ya eran las nueve, tarde para intentar
averiguar de quién se trata.
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