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lunes, 12 de mayo de 2014

El inicio de una historia

Abrí el documento de texto. Odiaba cada palabra que había escrito, era tan mediocre, tan predecible, que me provocaba náuseas. Supongo que es lo que pasa cuando escribes, no por deleite, sino por lucro ¿Pero, qué mas podía hacer? Apenas me alcanzaba el dinero para pagar el alquiler del piso, si es que podía llamarse piso a aquella habitación de treinta metros cuadrados a las afueras de la ciudad.

Cuando vi por primera vez el lugar, no pude ocultar el espanto en mi rostro, era completamente un viejo trastero lúgubre cubierto de polvo y de frialdad, lo menos parecido a un sitio habitable que había visto en toda mi vida, pero no podía permitirme otra cosa, así que acepté quedármelo.

Lo peor de todo fue la cara de mi padre al verlo, empezó a sacarle pegas a todo, que si la fontanería estaba en mal estado, el sistema eléctrico era peligroso, los saneamientos había que tirarlos... la verdad es que yo entendía poco de lo que estaba hablando pero cuando escuché cosas como que “no habría presión de agua cuando me duchase” o que “no podría tener muchos aparatos a la luz o saltarían los plomos” llamé inmediatamente al propietario y le dejé entendiéndose con mi padre.

Al final arreglaron bastantes cosas antes de que me mudase, y una vez se quedó la habitación vacía de trastos, mi padre y yo nos pusimos manos a la obra. Pintamos las paredes de color salmón clarito, él, que se había dedicado toda su vida a la albañilería, me alicató el mini cuarto de baño con unos azulejos preciosos que encontramos de oferta en una fábrica de las afueras, y con eso y unos muebles de Ikea,que casi hacen que perdamos la cabeza al intentar montar, lo habíamos transformado en un bonito "apartamento". Mi estado era eufórico, dado que era la primera cosa que me pertenecía sólo a mí, el inicio de mi ansiada independencia. Y ahora no podía ni permitirme eso, estaba a punto de perder lo poco que había conseguido en la vida.

No podía volver a casa, el recuerdo del año que había pasado después de licenciarme me asfixiaba, necesitaba la independencia que tanto me había costado conseguir, retroceder no era una opción.

Mi móvil no paraba de sonar, pero no me hacía falta mirarlo para saber quién era. Contesté a los mensajes y puse el móvil en silencio, tenía que concentrarme en escribir. Después de media hora ante el teclado, escribiendo palabras forzadas y borrándolas en el acto, decidí que necesitaba salir a tomar el aire. Me gusta mi barrio, no está mal comunicado con el centro, es pequeño y muy acogedor, y tiene un pequeño lago escondido que poca gente conoce y que es algo así como una de mis siete maravillas.

Caminé por el parque que me conducía hasta él, un parque natural atravesado por un estrecho riachuelo. Tras haber andado más de media hora, llegué al lago, escondido entre los matorrales, recibiéndome con su gran calma e invitándome a la evasión. Me gustaba sentarme cerca de la orilla y observar la quietud de las aguas, y a las ocas danzando sobre su superficie con gran majestuosidad. Sí, aquel lugar era, sin lugar a dudas, una de mis siete maravillas.

Cuando empezó a anochecer, regresé a casa, liberada, como si me hubiera quitado una gran carga de mis hombros. Al llegar vi mi teléfono parpadeando sobre la pequeña mesa de la sala, había olvidado por completo llevarme el móvil, cosa que no era muy usual en mí. 

Más mensajes, esta vez de preocupación ante mi prolongada ausencia. También había una llamada de un número desconocido de hacía poco más de media hora, pero ya eran las nueve, tarde para intentar averiguar de quién se trata.


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