El bar
no era como lo había imaginado, era una vieja taberna de madera en
la que uno no podía esperar encontrar un Mocca Blanco. Al entrar,
media docena de hombres de avanzada edad giraron sus rostros para
hacerme una no muy discreta inspección.
La camarera, una chica
relativamente joven (y con cara de aguantar mucha galantería a
diario) se acercó a mí en cuanto me senté en una de
las mesas más alejadas que había, debajo de un espejo lo
suficientemente grande para reflejar el local entero.
- ¿Qué
te pongo?
Pedí un té con leche, me parecía que aquello podía
resultar demasiado sofisticado para un sitio como aquel, pero era lo
único que me apetecía.
La
camarera se alejó con desparpajo llevándose los vasos que iba
encontrando en el camino en las mesas despejadas. Ya eran más de las
dos y cuarto y nadie se había acercado a mí, aquella situación
empezaba a hacer que me sintiera incómoda. Estuve tentada de
levantarme varias veces y olvidarme del pasaporte, pero ya que había
llegado hasta allí, no tenía nada que perder.
Escuché
la puerta del bar abrirse, como tantas veces había pasado durante rato
que llevaba sentada, pero esta vez me giré intuitivamente, un hombre
no demasiado alto, de pelo negro (caído hasta los hombros con unos
bucles perfectos) y ojos azabache de gran tamaño se acercó a mí
con paso seguro.
Me
levanté mecánicamente para saludarle, pero él se detuvo en seco,
clavando sus ojos en los míos de manera casi escalofriante, me hizo
palpar mi propia inseguridad, podía notarla en el ambiente como el
humo de un cigarrillo.
- Buenas
noches...Yo soy X- Balbuceé intentado mirarle a los ojos mientras le
extendía mi mano.
¡Dios mío! Estaba tartamudeando, no me sentía así desde que, en primaria, la profesora de matemáticas me sacaba para preguntarme las tablas de multiplicar. Por supuesto yo nunca me las sabía, odiaba las matemáticas más que a ninguna cosa en el mundo. Hoy en día siguen sin gustarme pero he de admitir que las respeto
Él me
miró impasible, cogió mi mano con delicadeza y besó el dorso.
¿Pero qué clase de persona hace eso en el Siglo XXI? Debía ser
alguna especie de loco, un excéntrico. El hombre debió palpar mi
miedo porque en seguida soltó mi mano con algo de brusquedad.
Su sonrisa era amplia y encajaba
perfectamente con su rostro. Tenía unos labios perfectamente
definidos, gruesos y bastante apetecibles.
- ¿Qué
estás tomando?- Preguntó con voz grave mientras miraba con
desaprobación mi taza de té.
- ¡Lydia! Trae dos cañas, cuando
puedas- La camarera le dedicó una sonrisa (tenía varios dientes
torcidos y fue algo desagradable) y se presentó con dos espumosas y
chorreantes cervezas.
- ¿Cómo
va la noche, Rober?- Preguntó sin mirarle a la cara, mientras dejaba
las cervezas en la mesa y limpiaba la mesa de al lado con un paño
sucio.
- Ya
sabes como está la cosa, y las migrañas no desaparecen, creo que
voy a drogarme un poco y me iré a casa.
Lydia
sacó del bolsillo del delantal una cápsula de algo que yo
identifiqué como Paracetamol y se lo tendió sobre la mesa. Él se
lo metió en la boca, sin necesidad de agua, y se lo tragó sin
ningún esfuerzo.
Yo
miraba la escena, como una espectadora, aquel ambiente era sin duda
un tanto peculiar. Y ese hombre me intrigaba, su mirada severa y su
voz grave contrastaban con su escasa altura y su melena desenfadada.
- Gracias
por llamar- Me precipité a decir mientras miraba a mi al rededor,
nerviosa.
- ¿No
vas a beberte la cerveza?- Fue su elocuente respuesta. Yo negué con
la cabeza (no me
entusiasmaba mucho la cerveza), entonces se abalanzó
sobre mi vaso y se la bebió de un trago.
Se
levantó de la silla como si de repente tuviera una urgencia y se
encaminó a la barra, donde dejó un billete sobre la barra. Sin
esperar cambio ni respuesta alguna de la camarera, abandonó el
local. Cuando fui consciente, me levanté de un brinco y me precipité
a la barra para pagar mi té.
- No te
preocupes cielo, ya está todo pagado- Respondió Lydia con desdén.
Salí
corriendo del local y allí estaba, el hombre misterioso apoyado en
un taxi mal aparcado en la puerta del bar, fumando un cigarrillo
mientras miraba al vacío.
Cuando
hubo acabado de fumar, tiró el cigarrillo al suelo, pisó la colilla
y se montó en el asiento del conductor. ¿Acaso esperaba que me
subiera con él, con un completo desconocido con aspecto de
psicópata? Esto ya era demasiada excentricidad. Me asomé a la
ventanilla del copiloto y la golpeé con los nudillos, él la bajó
casi de inmediato.
- Esto...
¿Podrías darme la carpeta, por favor?- Me sorprendió la docilidad
con que salían mis palabras, yo siempre había sido una chica fuerte
e imponente que no se dejaba amedrentar.
- ¿Vas
a algún sitio ahora?- Su pregunta me dejó desconcertada, ¿Cómo
que si iba a algún sitio? Era evidente que no iba a quedarme en ese
mugriento bar.
- No
tengo muchas ganas de salir, me vuelvo a casa- <<si
es que me das la carpeta algún día-pensé>>
Sube. Casi
como si fuera una orden, me senté en el asiento trasero y me puse el
cinturón.
Él
rió con entusiasmo .- ¿Qué haces ahí sentada? No pretenderás que
vaya de taxista, ¿no?, menuda falta de respeto- Noté una nota de
humor en su áspero comentario y eso me relajó. Aún así, yo cada
vez estaba más perdida, lo único que tenía claro es que aquel era
un hombre muy muy raro.
Una
vez acomodada en el asiento del copiloto pude ver mi carpeta tirada a
mis pies, la cogí con cuidado y la examiné para comprobar que
estaba todo lo que recordaba que tenía dentro. El trayecto se me
hizo mucho más largo que al venir en bus, no había música ni
conversación, salvo cuando un camicace intentó adelantarle por la
derecha, que se puso a insultarle a voz en vivo como si así tuviera
más opciones de que el otro conductor le escuchase.
Finalmente
llegamos a mi calle, sentí alivio y estaba algo apesadumbrada.
- Muchas
gracias por traerme, ¿Seguro que no quieres que te pague el
trayecto?- El negó con la cabeza.
- No,
niña, hoy es tu día de suerte- <>.
- Además, ya me lo he cobrado por otro lado, me ha gustado mucho tu
historieta- ¿A qué se estaba refiriendo? ¡Oh, no, no...!
¿Has
leído el fragmento de mi novela?- Pregunté con voz trémula. No me
hacía falta una respuesta, era evidente que no sólo lo había
leído, sino que lo había estudiado con profundidad.
- No
escribes mal, pero hay algo que debes saber
- ¿Qué?
- No
tienes ni idea de sadomasoquismo