”facebook” ”twitter”

viernes, 13 de junio de 2014

"Te quiero"

Era domingo por la tarde, siempre había odiado los domingos, era como cargar con una gran losa, una penitencia porque sabes que en unas pocas horas el ansiado fin de semana habrá llegado a su fin.
Sin embargo, ahora que no tenía que madrugar para ir a estudiar o trabajar (aunque igualmente no me gustaba levantarme excesivamente tarde) los domingos eran para mí unos días muy preciados en los que me gustaba pensar que el resto del mundo estaría en sus casas, angustiados por su aplastante rutina mientras yo llevaba una vida hedonista de escritora y Freelance.

Estaba muy de moda aquello de ser Freelance, aunque yo no lo había elegido gustosamente. Mi contrato en una agencia de publicidad se acabó hace cinco meses y tras una búsqueda intensiva de empleo y que sólo me llamaran para dos entrevistas, decidí empezar a trabajar por mi cuenta. Lamentablemente la cosa no estaba saliendo tan bien como imaginé, no quería ni pensar como iba a pagarme el alquiler del próximo mes.

Abrí la nevera, menos mal que mi madre había estado allí hacía pocos días y tenía comida casera para montar un banco de alimentos. No podía entender por qué mis hermanos rechazaban la comida casera de mi madre, ¿acaso les sobraba tiempo para cocinar? Y aunque así fuera ¿Acaso les sobraban ganas? No es que no me guste cocinar, pero cuando tienes que hacerlo día tras día... pierde un poco su encanto. En realidad el encanto está en invitar a tus amigos a casa a cenar y prepararles platos exóticos como Couscous o gazpacho de cerezas.

Al principio organizaba muchas cenas, casi todas las semanas, claro que eso fue antes de lo que pasó con Víctor. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, yo cada día me sentía con menos humor para encuentros sociales y mis amigos ya se habían cansado de insistir en que saliera, apenas me llamaban y no les podía culpar por ello.

Después de dos películas de suspense (típicas del domingo por la tarde) y de haber arrasado con toda la munición de chucherías que tenía en el mueble del salón (tenía que guardar en él comida, medicinas y hasta las velas debido a la falta de espacio) decidí que era hora de irme a dormir, las doce y media era buena hora para acabar la semana.

08.50, una pesadilla horrible me hizo despertar, hasta podría asegurar que había gritado de verdad. Estaba en una consulta médica, tumbada en una camilla blanca, al lado de un monitor con un montón de indicadores cuyo significado yo desconocía. Yo estaba relajada, casi riéndome. Una mujer médico estaba observando los monitores con mucho detenimiento.

Mi amiga Teresa estaba allí conmigo. Teresa era una amiga de la infancia, nos conocíamos desde los tres años pero no teníamos mucho en común. Ella era muy servicial, había estudiado jardín de infancia y le apasionaban los niños y el modelo de vida tradicional, yo, por el contrario, no tenía ningún interés en ese modo de vida. Siempre había querido ser una mujer independiente de esas que viajan mucho con un maletín bajo el brazo, asisten constantemente a reuniones y conocen gente de todas partes.

Sin embargo, a pesar de ser tan diferentes, siempre nos había unido un hilo invisible. Era como mi hermana. Tres veranos atrás (aún vivía con mis padres) me había hecho una contractura justo el día de antes de mis ansiadas vacaciones a la playa. Teresa vino corriendo a mi casa, me ayudó a ducharme y se recorrió el barrio entero buscando un osteópata que me consiguiera cita en el mismo día (Un viernes a las ocho de la tarde, misión casi imposible, pero ella lo consiguió).


- Me voy a casar en un mes- Dije con jovialidad al médico- Así que más le vale no darme malas noticias, a ver si me va a decir que no voy a llegar a contarlo.

- En realidad... No vas a poder casarte, tienes un cáncer en el pulmón. Te queda una semana de vida.

Ni siquiera puedo expresar el horror de mi rostro cuando recibí semejante noticia. Me desperté sudando, con la sensación de estar cayendo inevitablemente por un pozo oscuro en el que no ves el final. Entregándote al final de tu fatídico destino, con la frustración de no poder hacer nada que cambie las circunstancias.

Me desperté sobresaltada y empapada en sudor, y la pesadilla hubiera terminado ahí, cuando me digo a mí misma “tranquila, no es más que un mal sueño” de no haber sido porque cogí instintivamente el móvil y me encontré el siguiente mensaje:

Buenos días X. Puf, acabo de despertarme, lo he pasado fatal esta noche... He soñado contigo, estabas en la calle con tus padres, pálida en muy mal estado y yo quería preguntar qué era lo que te pasaba pero tu madre sólo decía “está muy mal, está muy mal”.
Tengo ganas de verte, Teresa


Mi corazón latía a mil por hora, esto no podía estar pasándome a mí. Nunca había sido demasiado supersticiosa, es más siempre me había considerado un poco escéptica pero aquello me desconcertó hasta atemorizarme.

¿Sería una señal de algo? ¿Me iba a morir? ¿O era una señal de advertencia? Intenté recuperar la cordura, no era más que una coincidencia, a veces pasaba. Había oído hablar de las conexiones entre hermanos gemelos, cuando a uno le pasaba algo el otro podía sentirlo físicamente, ¿no podía ser esto algo parecido? Quizás Teresa había sentido el terror de mi pesadilla.

En ese momento necesitaba alguien que me devolviera a la realidad, alguien con mente fría.

- Tranquilízate- Su voz tenía un efecto calmante sobre mi sistema nervioso. Me había jurado no volver a llamarle nunca más pero esta era una de esas clases de cosas que uno jura a sabiendas de que algún día lo incumplirá y yo, desde luego, lo había incumplido muchas veces .

- ¿Y si es una señal?

- ¿Una seña de qué? Sólo ha sido un sueño, a veces esas cosas ocurren. Voy a mandarte unas técnicas para el control de estrés y malos pensamientos. Te vendrán bien.

¿Técnicas para manejar el estrés? No era eso lo que yo necesitaba en ese momento, un simple “te quiero, todo irá bien” hubiera bastado para calmar mi ansiedad. Pero el ya no estaba en posición de decir eso, y yo no estaba en ninguna posición de esperarlo. Lo nuestro se había acabado, ya era hora de que entendiese que no podía llamarle cada vez que tuviera una pesadilla, o un mal día. Debía aprender a vivir sola.

- Sí, genial, gracias- Contesté sin entusiasmo.

- X, te dejo, entro a trabajar. Te quiero

¿Había dicho que me quería? ¿Pero a qué jugaba?


No hay comentarios:

Publicar un comentario