Era
domingo por la tarde, siempre había odiado los domingos, era como
cargar con una gran losa, una penitencia porque sabes que en unas
pocas horas el ansiado fin de semana habrá llegado a su fin.
Sin
embargo, ahora que no tenía que madrugar para ir a estudiar o
trabajar (aunque igualmente no me gustaba levantarme excesivamente
tarde) los domingos eran para mí unos días muy preciados en los que
me gustaba pensar que el resto del mundo estaría en sus casas,
angustiados por su aplastante rutina mientras yo llevaba una vida
hedonista de escritora y Freelance.
Estaba
muy de moda aquello de ser Freelance, aunque yo no lo había elegido
gustosamente. Mi contrato en una agencia de publicidad se acabó hace
cinco meses y tras una búsqueda intensiva de empleo y que sólo me
llamaran para dos entrevistas, decidí empezar a trabajar por mi
cuenta. Lamentablemente la cosa no estaba saliendo tan bien como
imaginé, no quería ni pensar como iba a pagarme el alquiler del
próximo mes.
Abrí
la nevera, menos mal que mi madre había estado allí hacía pocos
días y tenía comida casera para montar un banco de alimentos. No
podía entender por qué mis hermanos rechazaban la comida casera de
mi madre, ¿acaso les sobraba tiempo para cocinar? Y aunque así
fuera ¿Acaso les sobraban ganas? No es que no me guste cocinar, pero
cuando tienes que hacerlo día tras día... pierde un poco su
encanto. En realidad el encanto está en invitar a tus amigos a casa
a cenar y prepararles platos exóticos como Couscous o gazpacho de
cerezas.
Al
principio organizaba muchas cenas, casi todas las semanas, claro que
eso fue antes de lo que pasó con Víctor. Muchas cosas habían
cambiado desde entonces, yo cada día me sentía con menos humor para
encuentros sociales y mis amigos ya se habían cansado de insistir en
que saliera, apenas me llamaban y no les podía culpar por ello.
Después
de dos películas de suspense (típicas del domingo por la tarde) y
de haber arrasado con toda la munición de chucherías que tenía en
el mueble del salón (tenía que guardar en él comida, medicinas y
hasta las velas debido a la falta de espacio) decidí que era hora de
irme a dormir, las doce y media era buena hora para acabar la semana.
08.50,
una pesadilla horrible me hizo despertar, hasta podría asegurar que
había gritado de verdad. Estaba en una consulta médica, tumbada en
una camilla blanca, al lado de un monitor con un montón de
indicadores cuyo significado yo desconocía. Yo estaba relajada, casi
riéndome. Una mujer médico estaba observando los monitores con
mucho detenimiento.
Mi
amiga Teresa estaba allí conmigo. Teresa era una amiga de la
infancia, nos conocíamos desde los tres años pero no teníamos
mucho en común. Ella era muy servicial, había estudiado jardín de
infancia y le apasionaban los niños y el modelo de vida tradicional,
yo, por el contrario, no tenía ningún interés en ese modo de
vida. Siempre había querido ser una mujer independiente de esas que
viajan mucho con un maletín bajo el brazo, asisten constantemente a
reuniones y conocen gente de todas partes.
Sin
embargo, a pesar de ser tan diferentes, siempre nos había unido un
hilo invisible. Era como mi hermana. Tres veranos atrás (aún vivía
con mis padres) me había hecho una contractura justo el día de
antes de mis ansiadas vacaciones a la playa. Teresa vino corriendo a
mi casa, me ayudó a ducharme y se recorrió el barrio entero
buscando un osteópata que me consiguiera cita en el mismo día (Un
viernes a las ocho de la tarde, misión casi imposible, pero ella lo
consiguió).
- Me
voy a casar en un mes- Dije con jovialidad al médico- Así que más
le vale no darme malas noticias, a ver si me va a decir que no voy a
llegar a contarlo.
- En
realidad... No vas a poder casarte, tienes un cáncer en el pulmón.
Te queda una semana de vida.
Ni
siquiera puedo expresar el horror de mi rostro cuando recibí
semejante noticia. Me desperté sudando, con la sensación de estar
cayendo inevitablemente por un pozo oscuro en el que no ves el final.
Entregándote al final de tu fatídico destino, con la frustración
de no poder hacer nada que cambie las circunstancias.
Me
desperté sobresaltada y empapada en sudor, y la pesadilla hubiera
terminado ahí, cuando me digo a mí misma “tranquila, no es más
que un mal sueño” de no haber sido porque cogí instintivamente el
móvil y me encontré el siguiente mensaje:
Buenos
días X. Puf, acabo de despertarme, lo he pasado fatal esta noche...
He soñado contigo, estabas en la calle con tus padres, pálida en
muy mal estado y yo quería preguntar qué era lo que te pasaba pero
tu madre sólo decía “está muy mal, está muy mal”.
Tengo
ganas de verte, Teresa
Mi
corazón latía a mil por hora, esto no podía estar pasándome a mí.
Nunca había sido demasiado supersticiosa, es más siempre me había
considerado un poco escéptica pero aquello me desconcertó hasta
atemorizarme.
¿Sería
una señal de algo? ¿Me iba a morir? ¿O era una señal de
advertencia? Intenté recuperar la cordura, no era más que una
coincidencia, a veces pasaba. Había oído hablar de las conexiones
entre hermanos gemelos, cuando a uno le pasaba algo el otro podía
sentirlo físicamente, ¿no podía ser esto algo parecido? Quizás
Teresa había sentido el terror de mi pesadilla.
En ese
momento necesitaba alguien que me devolviera a la realidad, alguien
con mente fría.
-
Tranquilízate- Su voz tenía un efecto calmante sobre mi sistema
nervioso. Me había jurado no volver a llamarle nunca más pero esta
era una de esas clases de cosas que uno jura a sabiendas de que algún
día lo incumplirá y yo, desde luego, lo había incumplido muchas
veces .
- ¿Y
si es una señal?
- ¿Una
seña de qué? Sólo ha sido un sueño, a veces esas cosas ocurren.
Voy a mandarte unas técnicas para el control de estrés y malos
pensamientos. Te vendrán bien.
¿Técnicas
para manejar el estrés? No era eso lo que yo necesitaba en ese
momento, un simple “te quiero, todo irá bien” hubiera bastado
para calmar mi ansiedad. Pero el ya no estaba en posición de decir
eso, y yo no estaba en ninguna posición de esperarlo. Lo nuestro se
había acabado, ya era hora de que entendiese que no podía llamarle
cada vez que tuviera una pesadilla, o un mal día. Debía aprender a
vivir sola.
-
Sí, genial, gracias- Contesté sin entusiasmo.
- X,
te dejo, entro a trabajar. Te quiero
¿Había
dicho que me quería? ¿Pero a qué jugaba?

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