Incesable la sensación de pérdida, la increíble certeza de haber vuelto a acabar en el mismo punto, en el mismo camino por el que ya apenas recordaba haber pasado, como en un sueño muy lejano que no estaba demasiado segura de haber vivido. Y aquí estoy de nuevo, decidiendo que fatídico camino tomar para poder simular eso que algunos dicen incansablemente, "seguir con mi vida"... ¿Y qué era mi vida antes? Apenas lo recuerdo, apenas me importa. Recuerdo las emociones desde la lejanía, como un mero espectador que se burla de las trivialidades de la vida, sin empatía alguna, juzgando la mediocridad de los actos humanos, sin expectativa ni prejuicio.
Ya no siento miedo a la soledad, ni siquiera siento miedo al dolor, he tirado aquel dichoso listón que me perseguía a todos lados marcando "la pauta", el mínimo establecido, ya no exijo, no espero, no quiero, no doy más de mí.
Me cuesta un trabajo infinito actuar, no quiero tener que decidir un camino, no quiero adoptar una actitud proactiva ni adelantarme a los problemas, no quiero hacer lo que se espera de mí. No quiero cumplir con lo que yo misma esperaría de mí, la carencia de expectativa ha de empezar por mí misma, dejaré de exigir.
El desgaste emocional, los residuos de una vida contaminada por la dependencia, la pena, la entrega carente de meritocracia, la necesidad constante de no hacer repaso de malos caminos, mellan en mi cabeza como una constante gota de un liquido espeso que amedrenta mi voluntad.
Ni determinación, ni objetivo, ni ejecución. Quiero poder perderme así, con actitud pasiva hacia lo que ya no interesa retomar, o no interesa dejar, cual fumador adopta para no dejar el hábito, impasible ante el conocimiento de las consecuencias, sin miedo.
Vivir, vivir en el sentido más amplío
Vivir sin el desgaste, vivir al fin
sin protector ni desvalido
sin muerte y sin herido
vivir porque he vivido