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martes, 28 de enero de 2014

Berta no puede dormir

La condena de una noche despierta se cernía sobre ella. No podía imaginar algo más excitante que mantenerse activa mientras la ciudad dormía. Sin embargo, su conciencia no le dejaba disfrutar de su relativa "libertad". Reconducir sus hábitos no iba a ser una tarea sencilla, no porque le faltase disciplina o determinación sino porque le faltaba deseo. Era la noche el único momento del día en que Berta podía sentir el mayor desahogo, su soledad era paliada con aficiones gratificantes que avivaban su alma y llenaban su corazón.

Luego llegaba, cómo no, la terrible hora en que su conciencia se apoderaba de su cuerpo y toda la actividad debía de cesar dejando paso a lo onírico. La inquietud regresaba y la frialdad amenazaba con quedarse como huésped. Sentía la aproximación de la oscuridad, y el temor se acentuaba cada instante. No había espacio para el raciocinio, la sensación dominaba su cuerpo y su alma.

-¡NO!- Un grito desgarrador surgió de su garganta. Su débil cuerpo temblaba y la palidez de su rostro se acentuaba con la tenue luz de su lámpara de noche. Su cabeza no paraba de oscilar entre ideas mortuorias que encogían sus entrañas. Con dos palabras podía describir su estado: vulnerable y resignada.

Cuando el sol hizo acto de presencia, Berta consiguió dormir bajo la falsa ilusión de estar amparada por la luz. Desde entonces teme la noche, aunque sigue siendo el único momento en el que disfruta plenamente de su yo más íntimo, el momento en el que sus ideas más brillantes florecen. Aunque luego, por la mañana, todo parece cegado por la luz y los acontecimientos pasados parecen meros recuerdos borrosos de algo que no se sabe con certeza si fue real o una burla más del subconsciente.

Así aprendió Berta que se puede temer lo que más se ama.