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martes, 4 de diciembre de 2012

Abandonos por arte de magia

¿Y quién no ha sufrido uno? Son historias que nos tienen que pasar a todo el mundo, parece ser que este tipo de putadas te le hacen a uno madurar, o eso dice mi madre.

De repente un día te levantas, felizmente ignorante, coges el móvil y... se acabó. Aquello que no creías para siempre, pero que esperabas durase un poco más, se va. En el fondo puede que supieras que iba a acabar así, tarde o temprano. En el fondo puede que lo esperases, o que inconscientemente lo estuvieras provocando.

Dicen que cada persona tiene su momento... que me expliquen a mí entonces por qué yo te veo a ti en todos ellos.

Acostumbrada al abandono gratuito, sin señal ni aviso. Ni siquiera puedo llorar, no me sale. Creo que me he deshumanizado, o tal vez me han deshumanizado, no lo sé. Sólo se que muchas veces no entiendo el dolor ajeno, que no soy capaz de sentir sin racionalizar primero, que a pesar de que me duelan las cosas, no me hunden. Son mediocres todos los vínculos de dependencia, son absurdos y te hacen vulnerable... y sin embargo los envidio, envidio el drama, el sentimiento, la pasión y esa capacidad de estar expuesto continuamente a la voluntad de un ser, diminuto y egoísta, que sabe y puede dañarte con actos irrelevantes.

Enséñame a ser vulnerable

jueves, 8 de marzo de 2012

Flasback 3

Lo bueno de estar en colegio privado era que se gastaban mucho dinero para todo, así que al lunes siguiente después de la fiesta de graduación les dieron un anuario, que más que un anuario parecía un libro de gráficas profesional. Héctor no quería el estúpido anuario, ese invento absurdo de los yankees para que los roles sociales no queden en el olvido y permanezca la humillación y el éxito para la posteridad. 

Iba a tirarlo a la basura, pero de pronto se dio cuenta de que al lado de las fotos de cada alumno venía un número de contacto. Así que para eso había ido la jefa de estudios (una señora gorda que olía a ajo) comprobando que no hubieran cambio de número. Por supuesto Héctor cambió, tres veces para ser exactos, pero no lo dijo. 

El hecho de que estuvieran los números de todos los alumnos significaba una cosa, el de Paloma también estaba allí. Pasó las páginas con rapidez y la encontró. Allí estaba ella, con su cara angelical y una sonrisa casi perfecta. Arrancó la página y luego tiró el anuario. 

Estuvo tentado a llamarla en varias ocasiones, pero siempre en el momento de marcar los números se sentía estúpido y se retractaba criticándose a sí mismo por esa actitud tan predecible. Al final optó por una opción mucho menos personal. Escribió un mensaje de texto: "¿Vas a volver a echarme de un taxi? Prometo no tocarte, Héctor".

No obtuvo respuesta, ni al día siguiente, ni al otro. Desistió a la idea de que ella pudiera sentir el más mínimo interés en usarle a él para su beneficio, lo cual por otro lado le alegró, a lo mejor eso significaba que él no era lo suficientemente mediocre como para adaptarse a los ideales sin sentido de ella. 

Cuando casi se había olvidado del tema, un sábado por la noche le llegó un mensaje de texto. Una dirección, y un simple "ven". Por supuesto la dirección era la casa de Paloma sin lugar a dudas, lo sabía porque alguna vez le había escuchado hablar de lo largo que se le hacía el viaje hasta su zona residencial. 

Su casa estaba muy lejos del centro, a las afueras de la ciudad de Madrid. Eso implicaría más de una hora en transporte para Héctor. Estaba indeciso ¿Por qué querría que fuese hasta su casa a las nueve de la noche? La intriga pudo más que cualquier otra cosa.

Cuando llegó allí tuvo que llamar unas tres veces a distintos telefonillos que le daban acceso a distintas zonas  de la zona residencial donde vivía Paloma. Finalmente logró entrar. Y allí estaba ella, esperándole en la puerta, con una mano en la cintura y una sonrisa de aprobación. Él se acercó y la miró con intriga.

- Ya estoy aquí, ahora puedes decirme por qué me has hecho venir. 
- Pasa

Pasaron a un recibidor bastante grande desde el que se podía ver el salón. En realidad Héctor se había imaginado una casa mucho más grande, aunque estaba muy bien decorada. Paloma le indicó que una puerta, era una sala de estar muy acogedora, con sillones de cuero. 

-¿ Quieres una copa?
- Claro
- ¿Qué bebes?
- De todo. ¿Pero tienes whisky?
- Sí claro, es lo único que bebe mi padre.

Le sirvió una copa y se sentaron juntos en uno de los sillones, muy cerca. Bebieron, hablaron. De pronto a Héctor le fascinó la capacidad que tenía esa chica para envolver a la gente que estaba a su alrededor, ya no consideraba mediocres a los chicos que habían estado o pretendido estar con ella, eran víctimas inocentes. Su presencia era embriagadora, el modo en que le miraba a los ojos conseguía lo que nadie antes había conseguido, ponerle nervioso.

Cuando él estaba contando su odio hacia los perros, Paloma rió, se acercó más a él y le besó. Héctor le devolvió un beso muy cálido. 

- Quiero que vengas commigo a mi cuarto.

A Héctor se le aceleró el corazón, aquello estaba pasando de verdad. No podía pensar en ese momento en si lo que estaba haciendo era predecible, mediocre o sin fundamento. Ella estaba allí y le deseaba. Ya podía notar la reacción ante ese pensamiento en sus pantalones.

Paloma se levantó y caminó por la casa hasta llegar a su cuarto. Héctor andaba detrás de ella. Cuando llegaron a su cuarto Paloma se quitó el vestido que llevaba. Se quedó en ropa interior. Héctor se acercó y comenzó a besarla. <>- Pensó.

Se tumbaron en la cama, ella se subió encima de él y comenzó a hacer movimientos para provocarle. Él aún estaba vestido. No pensaba quitarse toda la ropa, jamás lo había hecho delante de nadie. 

- Quítate los pantalones

Se desabrochó la hebilla del cinturón y tiró de ellos.

- Ahora la camiseta

Héctor tragó saliva, la camiseta no. 

Ante la falta de acción Paloma le agarró la camiseta y quiso tirar de ella. Héctor la empujó como acto intuituvo. Paloma acabó en el suelo, impactada.

- Lo siento, yo...- No sabía cómo explicarlo.
- Vete

No hicieron falta más palabras, pero ¿Por qué siempre tenían que acabar así?


jueves, 1 de marzo de 2012

Flashback 2

No es que no le gustase la idea de que alguien pudiese quererle, amarle sin condiciones y ser su compañera de viaje... Es que simplemente no podía creer en el amor. Para él el amor era lo más mediocre e hipócrita que teníamos los humanos. No era más que el acto banal de una persona que decide acercarse a otra por diversos intereses, y otra que se deja de forma pasiva, resignada e intentando convencerse de unos sentimientos recíprocos que no son más que artificios a consecuencia de una pobre iniciativa.

¿Cómo podría él creer en algo tan incoherente, pobre y prefabricado? Sabía que la gente acababa sucumbiendo a esta mediocridad por una necesidad social, para evitar la soledad. Incluso él había sentido alguna vez esa necesidad, pero finalmente la repulsión era más fuerte que el miedo a la soledad.

Aunque él mismo tenía interés por alguien... pero sabía que eso no era más que un mecanismo de su cerebro para manipularle. Paloma era un chica atractiva, de esas que ves por la calle y no te llaman especialmente la atención pero que, cuanto más la miras, mas te gusta. Quizá por su sonrisa, por su rostro angelical, su pelo rubio o sus preciosos ojos color miel.

 Habían ido juntos al instituto, sus padres le habían obligado a ir a un instituto privado religioso, que más que un instituto parecía una verdadera cárcel. Iban a la misma clase y él ya se había fijado en ella pero su novio mas que un novio parecía una pegatina, no la dejaba ni ir al baño sola.

Cuando acabaron el instituto, ella entró en la universidad para estudiar Derecho. Terminó con su novio. En realidad ella ya lo tenía todo planeado, no quería acabar con su novio de instituto, más bien lo que quería era un novio para cada etapa estudiantil. Ella representaba todo lo que Héctor odiaba, utilizaba a los hombres para conseguir la vida mediocre que satisfacía sus necesidades, pero no lo hacía de un modo transparente y sincero sino desde un victimismo y una falsa debilidad que le provocaban náuseas.

Aún así, aquella chica le gustaba. Era como un imán. Por las noches siempre pensaba en ella, y hasta había tenido numerosos sueños eróticos en los que ella le dominaba. Aunque el jamás mostró el menor interés por aquella chica, inevitablemente ella lo notó. Héctor suponía que era por eso por lo que se pavoneaba tanto delante de su pupitre para que él la viera.

En la fiesta de graduación del último curso, ella ya lo había dejado con su pegatina. Llevaba un vestido fucsia muy corto y unos tacones muy largos, se había soltado el pelo (nunca llevaba el pelo suelto, siempre se lo recogía con una cola de caballo muy alta) y se había pintado los labios de un rosa muy chillón.

Estaba increíble, la chica más sexy de la graduación después de Debora- hombres: una chica repetidora para que ir a clase era sinónimo de irse al Fabrik de fiesta, siempre venía maquillada como una puerta, y el uniforme horrendo del reglamento del instituto ella lo convertía en la mismísima representación de un vídeo porno de colegialas calientes. Para desgracia de los tíos, era lesbiana. Aunque eso no hacía que dejase de ser el sueño erótico del instituto entero, todo lo contrario, hasta había conseguido llevarse a su "terreno" a más de una.

La graduación fue muy emotiva para todos, menos para Héctor. Odiaba ese instituto y no le daba ninguna pena olvidar a todos los niños pijos y profesores remilgados que había conocido allí. Apenas había entablado relación con nadie, excepto con Kevin, un chico de Colombia con el iba a fumar en los descansos.

Después de la cena, fueron a una sala de fiesta que tenían reservada sólo para ellos. A las tres horas aquello parecía una jauría, un grupito de cotorras de su clase iban de un lado para otro. Una de ellas lloraba y su séquito intentaba consolarla. Luego entendió por qué, el novio de una estaba comiéndole la boca a una chica que yo no había visto en mi vida.

Kevin y él se sirvieron varias copas acaparados en una esquina, mirando a su alrededor y fumando sin parar. Lo mejor de la noche fue el momento en el que Ana, la profesora de filosofía, fue paseándose por el local completamente borracha y agarrada del brazo de uno de sus alumnos, al que en un momento de distracción, besó en la boca.

No es que la fiesta incluyera a los profesores, es que Ana era una profesora muy joven y moderna y no pudo resistirse a la fiesta. Por supuesto cuando Héctor volvió a preguntar por ella ya la habían despedido.

Cuando había decidido que había llegado su límite de alcohol por esa noche, decidió irse. Salió de allí y se encaminé a una parada de taxi. Y allí estaba ella, Paloma, helada de frío, encogiéndose y mirando su móvil.Se acercó a ella sin decir una palabra.

- Hola Héctor- Era la primera vez que le hablaba.
- Hola.
- ¿Ya te vas?
- Si- No se le ocurría nada más ingenioso que decirle.
- ¿Compartimos taxi?
- Seguro que no vivimos en la misma zona...
Ella sonrió con picardía

- Eso tiene fácil arreglo, acompáñame a la mía- No se lo podía creer, Paloma le estaba invitando a su casa.
- Estás borracha,
- Claro que no, sólo un poco mareada. Estoy sola en casa casi siempre, y no quiero irme sola. Anda ven conmigo, se que te gusto desde hace mucho.

Subieron al taxi, ella dijo una dirección larguísima que tuvo que repetir para que el taxista lo entendiera. Cuando llevaban menos de cinco minutos en el taxi, Paloma le cogió la mano. Entonces Héctor se acercó y le dio un beso en los labios. La boca no le sabía demasiado bien pero eso a él le daba igual, en seguida se encendió y empezó a acariciarle las piernas, ella se removía en el asiento. Subió la mano por debajo del vestido y pudo tocar su ropa interior.

- ¡Bájate del taxi!- Gritó ella con voz chillona.
- ¿Qué?
- He dicho que te bajes, ¡Ahora!

El taxi se detuvo y Héctor se bajó sin distinguir donde estaba. No pudo evitar sonreir, aquella chica tenía carácter.



jueves, 23 de febrero de 2012

Flashback

 Se despertó a las 5 de la mañana, no había podido dormir en condiciones y estaba cansado de estar en la cama. Miró su móvil, tenía dos llamadas perdidas y un mensaje. Sonrió. Volvió a dejar el móvil en la mesilla y fue a la cocina. Su padre ya estaba despierto, se lo encontró fregando platos en la cocina.

-¿ Qué haces despierto a estas horas?- Le preguntó. Su voz era áspera, ronca y siempre le hacía parecer malhumorado.

- No he podido dormir, últimamente tengo insomnio.

- A ti lo que te pasa es que no tienes ningún control, eres como los murciélagos. Si te durmieras a una hora decente... Pues te voy a cortar el grifo. Mañana a las 8 te despierto.

- ¿Y tú qué haces? Te despiertas para deambular por la casa, cambias los muebles de sitio y te pones a limpiar cosas que ya están limpias. Tú no estás bien de la cabeza,.

Su padre le escrutó con la mirada, pero en seguida bajó la mirada, cogió unos vasos limpios de un armario y se dispuso a fregarlos. Los enjabonaba una y otra vez con mucho esmero, luego los aclaraba un largo rato y por último los secaba con un paño seco y los volvía a colocar en la vitrina.

Odiaba estar en casa, su padre entraba en su habitación cuando se le antojaba. A veces con el aspirador, otras con la mopa. Otras veces simplemente entraba para preguntarle lo que hacía. Alguna vez le había pillado viendo una película "no apta para menores" pero ni se había inmutado, simplemente retrocedía y cerraba la puerta murmurando cosas ilegibles.

Héctor se pasaba horas deambulando por las calles evitando llegar en su casa, y cuando lo hacía se encerraba en su cuarto, se tumbaba en la cama con la ropa puesta y simplemente no hacía nada. A veces leía algún libro cuyo título le llamaba mucho la atención, nunca se fijaba en al autor y no se leía las sinopsis.

Allí, tumbado, lo supo: su vida era una mierda, aunque tampoco le preocupaba demasiado. Lo único que quería era salir de esa casa, le daba igual vivir en una comuna de amis, al menos podría ser él mismo. En su casa nunca había sido él mismo, había sido siempre lo que se esperaba de él. Había estudiado A.D.E porque su padre admiraba a los empresarios y siempre le repetía <>. A él nunca le había importado demasiado el dinero, lo veía como una preocupación innecesaria, mientras tuviera para comprar whisky y algo de comer, le sobraba. 

También se había sacado el carnet de conducir a pesar de que odiaba coger un coche y odiaba los coches en general. No entendía como la gente podía preferir ir en esos trastos inestables, que provocan la muerte de unas Dos mil personas al año. Con lo fascinante que era el metro, el sonido del metro al llegar a la estación, el traqueteo de los viajes por las vías, la expresión de la gente. Casi era un fenómeno social ir en metro. Pero sobre todo le gustaba porque no se sentía solo.

Muy pronto anocheció. Balance del día: no había hecho absolutamente nada. Comer pizza, ver la tele y dormir una larga siesta en el sofá. Se levantó del sofá y fue hacia el baño. La puerta estaba cerrada,abrió sin llamar, en su casa no existía eso que algunos llaman "intimidad". Una señora gorda y pechugona se encontraba medio desnuda delante del espejo, echándose un carmín rojo a sus carnosos y descomunales labios. Al verle la señora puso cara de pánico y corrió a cerrar la puerta estampándosela en las narices.

Aquello era demasiado, salió de la casa y fue a la Iglesia. Aún estaba abierta. No es que él creyera en ese rollo de la Iglesia, pero su madre había sido una debota, su fe era incansable. Se había pasado la vida visitando iglesias, rezando rosarios, pidiéndole a Dios. Al menos sus plegarias habían sido escuchadas, se la llevó de una manera sumamente indolora.

Fue a la Iglesia porque sabía que era el sitio siempre podría encontrar a su madre. Por eso, y porque siempre tenían buen vino.

jueves, 16 de febrero de 2012

Punto X

La cabeza le daba vueltas, tenía unas nauseas horribles y quería vomitar. Volvió a ver aquellas estrellitas que se iluminaban en la oscuridad. Cogió una papelera que había a unos pocos metros de distancia y vomitó. Sara se despertó murmurando algo incomprensible.

 - ¿Te encuentras bien?- Le preguntó mirando la escena sin la menor repugnancia. Héctor no contestó, se levantó de la cama y desapareció de la habitación.

 No sabía muy bien cómo había acabado volviendo a aquella casa, recordaba haberse puesto muy borracho y haber pensado en ella. Sara no le había preguntado nada, tan sólo le había dicho que podía quedarse el tiempo que él quisiera. Tenía que ir a su antiguo piso a recoger las cosas pero no se encontraba con fuerzas ni para sostenerse mucho tiempo en pie. Se lavó la boca y fue al frigorífico, había un botellín de cerveza abierto. Bebió un trago. El olor y el sabor le provocaron ganas de vomitar, resistió y siguió bebiendo.

Sara se acercó a él, llevaba sus tejanos azules en la mano y una camisa gris que aún estaba algo húmeda.

- Vístete, te he lavado por encima la ropa. Vamos a recoger tus cosas anda- Su voz sonaba seca, pero a la vez complaciente,casi maternal.

- Mi piso está a tomar por culo de aquí, tardaremos casi dos horas... - Sará sacó las llaves de Audi y le guinó un ojo.

Héctor sonrió, jamás en la vida había experimentado un sentimiento como aquel. Entonces pensó que es así como se debían sentir sus compañeros de clase cuando sus padres les iban a recoger a la puerta del colegio,  o cuando les acompañaban a la consulta del médico, o cuando, un poco más mayores, les recogían después de una gran borrachera a las 4 de la mañana en el centro de la ciudad...

En realidad nunca había echado de menos detalles como esos, tampoco es fácil echar de menos algo que nunca has tenido. Había crecido así, sólo. Si bien es verdad que su tía había hecho grandes e inútiles esfuerzos para conseguir su bienestar, él debía estar agradecido, o eso le decía todo el mundo, pero él no sentía absolutamente nada por aquella mujer, ni odio ni amor, más bien una indiferencia que se hacía cada vez más evidente con el paso de los años.

 Lo bueno es que ningún miembro de su familia le había reprochado nunca nada, afortunadamente para él le consideraban "un bicho raro", una de esas personas que parece que viven en un universo diferente y con la cual es inútil intentar razonar. Por supuesto Héctor nunca había hecho el más mínimo esfuerzo para cambiar la opinión de su familia. Les había dicho a todos que los últimos cinco años los había pasado en un centro de rehabilitación por su adicción a la cocaína, pero la realidad es que él no se había acercado a ese polvo blanco en su vida. Imaginó la cara de asombro que pondría su tía cuando supiera realmente lo que había estado haciendo todo ese tiempo y volvió a sonreir.

Miró a Sara, definitivamente no era guapa, aunque tampoco era tan horrible como la recordaba. Cuando sonreía tenía su encanto, y era indiscutible que era muy buena en la cama. Esta noche volvería a probarla, quizá después de todo no iba a estar tan mal su situación actual.

- Sara- Dijo.

-Dime- Sara estaba buscando entre los cajones de la entrada su carnet de conducir. Héctor pudo observar que una de sus manos tenía un dedo deformado, pero no le interesó demasiado y no hizo ningún comentario al respecto.

- ¿Nos vamos?

- Claro- Se acercó a él y le dio un ligero beso en los labios. Héctor no sintió nada. 





miércoles, 8 de febrero de 2012

Mediodía

No le cogía el teléfono, volvió a intentarlo... Sólo le quedaba un 7% de batería y empezó a ponerse nervioso. 6%, 4%, 2%... Su teléfono murió.-  Joder- pensó, mientras sacaba una moneda de un euro y la introducía en la máquina de billetes del metro. 

Llamó al timbre, nervioso, el corazón le iba a mil por hora. Nadie abrió. Volvió a llamar, esta vez con más insistencia. Una chica alta, de pelo largo y rubio abrió la puerta. Llevaba puesta sólo una camisa que dejaba ver su ropa interior. Estaba descalza.

- Héctor, ¿qué haces aquí?- Su voz denotaba nerviosismo e impaciencia.

- Me he ido del piso Paloma, ya no podía más. No tengo donde quedarme, déjame quedarme aquí hoy por favor.

- ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

- Eso da igual, tú sólo déjame quedarme por favor...¿Aún somos amigos, no? Los amigos hacen esas cosas.

- Tu y yo no podremos ser amigos en la vida... Además que siempre estás igual, estoy harta de que siempre vengas con problemas. Madura ya Héctor que no tienes quince años.

Para ti es fácil- pensó. Ella era una niña mimada, sus padres vivían en una casa de campo y ella se había quedado con el piso, no tenía de qué preocuparse, nunca le faltaría de nada. 

- Veo que no piensas dejar que me quede se atrevió a murmurar.

Ella le miró con condescendencia, pero no se apartó de la puerta. Él intentó ver el interior piso y entonces lo comprendió, había platos sucios dispuestos en la mesa del comedor y alcanzó a ver unas zapatillas (claramente de chico) a los pies del sofá.

- No estás sola- Afirmó en voz alta, aunque en realidad lo decía para él mismo.

- No... Lo siento Héctor pero aquí no te puedes quedar... Pero te puedo dar el número de un amigo que está buscando compañero de piso... Está un poco retirado del centro pero es barato.- Fue al recibidor y anotó en un papel un número de teléfono. - Se llama Javi, dile que vas de mi parte.

Héctor cogió el papel y,sin decir una palabra, se dio la vuelta y se marchó. Tiró el papel en el portal y se fue en busca de un supermercado o algún sitio donde vendieran algo de alcohol, necesita beber y olvidarse de todo.

martes, 31 de enero de 2012

Amaneciendo

Serían las 06:00 AM. Por suerte el metro acaba de abrir, iba vacío. Se quedo dormido tumbado sobre los asientos hasta que un grupo de jóvenes escandalosos entró.-  <<¡Mierda, es mi parada!>> Se bajó apresuradamente del metro olvidando que había dejado el abrigo en uno de los asientos.

No se dio cuenta de su pérdida hasta que no subió las escaleras del metro que daban a la calle, sintió el frío invernal calándole los huesos. Miró a su alrededor esperando en vano que el abrigo estuviera por ahí. Así que hizo lo que mejor se le daba, correr. No había más de veinte minutos andando del metro la casa donde se alojaba con unos compañeros de piso, pero él calculó que ese día hizo el trayecto en menos de 6 minutos.

Afortunadamente no llevaba nada en el abrigo excepto su paquete de Lucky. Cogió las llaves del bolsillo del pantalón y se dispuso a abrir.La casa estaba totalmente destrozada, en el salón dormían un grupo de gente a quien él jamás había visto antes, montones de litronas y alcohol derramado llenaban el suelo. Fue a la cocina en busca de agua, tampoco ésta se había salvado. Había un montón de comida tirada, restos de pizza y colillas esparcidas por el suelo de la cocina.

Entonces el miedo le invadió, fue corriendo hacia el final del pasillo a la puerta donde se encontraba su habitación, estaba cerrada pero no sabía si eso era una buena o mala señal. La abrió de golpe y sus peores temores fueron cumplidos. Una pareja dormía en su cama, debajo de la colcha, se imaginó que estaban desnudos por la cantidad de ropa que había en el suelo que no era suya. Sintió ganas de tirarles de su cama y echarles a patadas, pero la culpa no era de ellos.

Salió de la habitación dando un portazo y se dirigió a la habitación de al lado.

-¡ Eres un hijo de la gran puta!- Gritó zarandeando a su compañero, que dormía profundamente. Éste apenas se inmutó, hizo una mueca y se dio la vuelta dándole la espalda. <> Fue a la cocina a por una botella de agua, y cuando volvió se la vertió sobre la cabeza. 

- ¡¡ Pero qué coño haces!!- Se levantó como si fuera a envestirle, pero unos segundos más tarde se relajó y miró a su alrededor como si buscara algo o a alguien.

- Dime por qué hay una puta pareja en mi cama. Dime por qué ha desaparecido la compra que hice ayer que TÚ no podías pagar. ¡Explícamelo!

- Vale, está bien Héctor tranquilo. Ayer llamé a unos amigos y se me fue un poco de las manos, eso es todo... No es para tanto tío, duerme aquí si quieres y mañana será otro día, ¿Vale?.

Héctor cerró los ojos y respiró, quería matarle, quería estrangularme con sus propias manos, hacer que sintiera el dolor que parecía que nunca podía sentir. De pronto se acordó del dinero. Salió corriendo de nuevo a su habitación abriendo el segundo cajón del armario. Cogió un par de calcetines amarillos y metió la mano dentro, suspiró aliviado. El dinero estaba allí, íntegro.

Acto seguido cogió una maleta de debajo de la cama y empezó a meter su ropa, algún que otro libro y productos de higiene. Ya iría otro día a por el resto de sus cosas. La pregunta era dónde iba a ir ahora.


domingo, 29 de enero de 2012

A oscuras

Abrió los ojos. Allí estaba él, desnudo y sintiendo la suavidad de aquellas sábanas aterciopeladas que acariciaban su cuerpo... En el techo podía ver como unas estrellitas de pegatina actuaban como puntos de luz.

Aquel cuarto parecía el de una niña de once años, giró la cabeza y un gran oso rosa de peluche le propinó un sobresalto. Luego giró la cabeza hacia el otro lado, allí estaba ella, dormía profundamente haciendo un ruido casi mecánico. Su pelo grasiento le resbalaba por los hombros, y en aquella postura fetal era mucho más fea de lo que él creía.

¿Por qué había pasado la noche con ella? No lo sabía, simplemente había acabado tomando una copa en su casa y, sin preverlo, acabaron en su cuarto. Si de algo estaba seguro él era de que lo último que quería sería tener sexo con aquella chica, pero cuando ésta apagó la luz, sus sentidos empezaron a traicionarle y una enorme excitación recorrió su cuerpo.

Entonces ella se abalanzó sobre él y le mordisqueó el labio inferior, eso le encantó. Su excitación aumentaba por momentos. Ya no veía a aquella muchacha escuálida y feucha que tanto rechazo le producía. Solo podía sentir el suave tacto de sus manos, y de sus labios rozándole el cuello... Quería que ese momento durase para siempre, le fascinaba aquella situación y se sentía envuelto por un deseo que, hasta ahora, nadie había sido capaz de provocarle.

Hiceron el amor apasionadamente, probando cosas que jamás se hubiera atrevido a hacer con nadie. No le importaba lo que aquella chica pensara de él, por primera vez en su vida no tenía complejos. Se sentía deliciosamente guapo, sexy y deseable.

Cuando por fin ambos terminaron, ella encendió una luz de escritorio que tenía cerca de la cama. Entonces al verla allí, desnuda sobre el colchón, el asco le invadió, salió corriendo al baño fingiendo ganas de orinar, pero en realidad eran ganas de vomitar las que le invadían.

Se lavó la boca con jabón tratando de disimular el fuerte sabor había en ella, un sabor ajeno, asqueroso y nauseabundo. No le daba así tanto asco el imaginar que sus partes íntimas estarían recubiertas de la saliva de aquella chica <>- pensó.

Se levantó de la cama silenciosamente, cogió su ropa y se vistió en el recibidor para no hacer ruido. Abrió la puerta y se marchó, jurándose a sí mismo que jamás se acostaría de nuevo con ella.