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jueves, 23 de febrero de 2012

Flashback

 Se despertó a las 5 de la mañana, no había podido dormir en condiciones y estaba cansado de estar en la cama. Miró su móvil, tenía dos llamadas perdidas y un mensaje. Sonrió. Volvió a dejar el móvil en la mesilla y fue a la cocina. Su padre ya estaba despierto, se lo encontró fregando platos en la cocina.

-¿ Qué haces despierto a estas horas?- Le preguntó. Su voz era áspera, ronca y siempre le hacía parecer malhumorado.

- No he podido dormir, últimamente tengo insomnio.

- A ti lo que te pasa es que no tienes ningún control, eres como los murciélagos. Si te durmieras a una hora decente... Pues te voy a cortar el grifo. Mañana a las 8 te despierto.

- ¿Y tú qué haces? Te despiertas para deambular por la casa, cambias los muebles de sitio y te pones a limpiar cosas que ya están limpias. Tú no estás bien de la cabeza,.

Su padre le escrutó con la mirada, pero en seguida bajó la mirada, cogió unos vasos limpios de un armario y se dispuso a fregarlos. Los enjabonaba una y otra vez con mucho esmero, luego los aclaraba un largo rato y por último los secaba con un paño seco y los volvía a colocar en la vitrina.

Odiaba estar en casa, su padre entraba en su habitación cuando se le antojaba. A veces con el aspirador, otras con la mopa. Otras veces simplemente entraba para preguntarle lo que hacía. Alguna vez le había pillado viendo una película "no apta para menores" pero ni se había inmutado, simplemente retrocedía y cerraba la puerta murmurando cosas ilegibles.

Héctor se pasaba horas deambulando por las calles evitando llegar en su casa, y cuando lo hacía se encerraba en su cuarto, se tumbaba en la cama con la ropa puesta y simplemente no hacía nada. A veces leía algún libro cuyo título le llamaba mucho la atención, nunca se fijaba en al autor y no se leía las sinopsis.

Allí, tumbado, lo supo: su vida era una mierda, aunque tampoco le preocupaba demasiado. Lo único que quería era salir de esa casa, le daba igual vivir en una comuna de amis, al menos podría ser él mismo. En su casa nunca había sido él mismo, había sido siempre lo que se esperaba de él. Había estudiado A.D.E porque su padre admiraba a los empresarios y siempre le repetía <>. A él nunca le había importado demasiado el dinero, lo veía como una preocupación innecesaria, mientras tuviera para comprar whisky y algo de comer, le sobraba. 

También se había sacado el carnet de conducir a pesar de que odiaba coger un coche y odiaba los coches en general. No entendía como la gente podía preferir ir en esos trastos inestables, que provocan la muerte de unas Dos mil personas al año. Con lo fascinante que era el metro, el sonido del metro al llegar a la estación, el traqueteo de los viajes por las vías, la expresión de la gente. Casi era un fenómeno social ir en metro. Pero sobre todo le gustaba porque no se sentía solo.

Muy pronto anocheció. Balance del día: no había hecho absolutamente nada. Comer pizza, ver la tele y dormir una larga siesta en el sofá. Se levantó del sofá y fue hacia el baño. La puerta estaba cerrada,abrió sin llamar, en su casa no existía eso que algunos llaman "intimidad". Una señora gorda y pechugona se encontraba medio desnuda delante del espejo, echándose un carmín rojo a sus carnosos y descomunales labios. Al verle la señora puso cara de pánico y corrió a cerrar la puerta estampándosela en las narices.

Aquello era demasiado, salió de la casa y fue a la Iglesia. Aún estaba abierta. No es que él creyera en ese rollo de la Iglesia, pero su madre había sido una debota, su fe era incansable. Se había pasado la vida visitando iglesias, rezando rosarios, pidiéndole a Dios. Al menos sus plegarias habían sido escuchadas, se la llevó de una manera sumamente indolora.

Fue a la Iglesia porque sabía que era el sitio siempre podría encontrar a su madre. Por eso, y porque siempre tenían buen vino.

jueves, 16 de febrero de 2012

Punto X

La cabeza le daba vueltas, tenía unas nauseas horribles y quería vomitar. Volvió a ver aquellas estrellitas que se iluminaban en la oscuridad. Cogió una papelera que había a unos pocos metros de distancia y vomitó. Sara se despertó murmurando algo incomprensible.

 - ¿Te encuentras bien?- Le preguntó mirando la escena sin la menor repugnancia. Héctor no contestó, se levantó de la cama y desapareció de la habitación.

 No sabía muy bien cómo había acabado volviendo a aquella casa, recordaba haberse puesto muy borracho y haber pensado en ella. Sara no le había preguntado nada, tan sólo le había dicho que podía quedarse el tiempo que él quisiera. Tenía que ir a su antiguo piso a recoger las cosas pero no se encontraba con fuerzas ni para sostenerse mucho tiempo en pie. Se lavó la boca y fue al frigorífico, había un botellín de cerveza abierto. Bebió un trago. El olor y el sabor le provocaron ganas de vomitar, resistió y siguió bebiendo.

Sara se acercó a él, llevaba sus tejanos azules en la mano y una camisa gris que aún estaba algo húmeda.

- Vístete, te he lavado por encima la ropa. Vamos a recoger tus cosas anda- Su voz sonaba seca, pero a la vez complaciente,casi maternal.

- Mi piso está a tomar por culo de aquí, tardaremos casi dos horas... - Sará sacó las llaves de Audi y le guinó un ojo.

Héctor sonrió, jamás en la vida había experimentado un sentimiento como aquel. Entonces pensó que es así como se debían sentir sus compañeros de clase cuando sus padres les iban a recoger a la puerta del colegio,  o cuando les acompañaban a la consulta del médico, o cuando, un poco más mayores, les recogían después de una gran borrachera a las 4 de la mañana en el centro de la ciudad...

En realidad nunca había echado de menos detalles como esos, tampoco es fácil echar de menos algo que nunca has tenido. Había crecido así, sólo. Si bien es verdad que su tía había hecho grandes e inútiles esfuerzos para conseguir su bienestar, él debía estar agradecido, o eso le decía todo el mundo, pero él no sentía absolutamente nada por aquella mujer, ni odio ni amor, más bien una indiferencia que se hacía cada vez más evidente con el paso de los años.

 Lo bueno es que ningún miembro de su familia le había reprochado nunca nada, afortunadamente para él le consideraban "un bicho raro", una de esas personas que parece que viven en un universo diferente y con la cual es inútil intentar razonar. Por supuesto Héctor nunca había hecho el más mínimo esfuerzo para cambiar la opinión de su familia. Les había dicho a todos que los últimos cinco años los había pasado en un centro de rehabilitación por su adicción a la cocaína, pero la realidad es que él no se había acercado a ese polvo blanco en su vida. Imaginó la cara de asombro que pondría su tía cuando supiera realmente lo que había estado haciendo todo ese tiempo y volvió a sonreir.

Miró a Sara, definitivamente no era guapa, aunque tampoco era tan horrible como la recordaba. Cuando sonreía tenía su encanto, y era indiscutible que era muy buena en la cama. Esta noche volvería a probarla, quizá después de todo no iba a estar tan mal su situación actual.

- Sara- Dijo.

-Dime- Sara estaba buscando entre los cajones de la entrada su carnet de conducir. Héctor pudo observar que una de sus manos tenía un dedo deformado, pero no le interesó demasiado y no hizo ningún comentario al respecto.

- ¿Nos vamos?

- Claro- Se acercó a él y le dio un ligero beso en los labios. Héctor no sintió nada. 





miércoles, 8 de febrero de 2012

Mediodía

No le cogía el teléfono, volvió a intentarlo... Sólo le quedaba un 7% de batería y empezó a ponerse nervioso. 6%, 4%, 2%... Su teléfono murió.-  Joder- pensó, mientras sacaba una moneda de un euro y la introducía en la máquina de billetes del metro. 

Llamó al timbre, nervioso, el corazón le iba a mil por hora. Nadie abrió. Volvió a llamar, esta vez con más insistencia. Una chica alta, de pelo largo y rubio abrió la puerta. Llevaba puesta sólo una camisa que dejaba ver su ropa interior. Estaba descalza.

- Héctor, ¿qué haces aquí?- Su voz denotaba nerviosismo e impaciencia.

- Me he ido del piso Paloma, ya no podía más. No tengo donde quedarme, déjame quedarme aquí hoy por favor.

- ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

- Eso da igual, tú sólo déjame quedarme por favor...¿Aún somos amigos, no? Los amigos hacen esas cosas.

- Tu y yo no podremos ser amigos en la vida... Además que siempre estás igual, estoy harta de que siempre vengas con problemas. Madura ya Héctor que no tienes quince años.

Para ti es fácil- pensó. Ella era una niña mimada, sus padres vivían en una casa de campo y ella se había quedado con el piso, no tenía de qué preocuparse, nunca le faltaría de nada. 

- Veo que no piensas dejar que me quede se atrevió a murmurar.

Ella le miró con condescendencia, pero no se apartó de la puerta. Él intentó ver el interior piso y entonces lo comprendió, había platos sucios dispuestos en la mesa del comedor y alcanzó a ver unas zapatillas (claramente de chico) a los pies del sofá.

- No estás sola- Afirmó en voz alta, aunque en realidad lo decía para él mismo.

- No... Lo siento Héctor pero aquí no te puedes quedar... Pero te puedo dar el número de un amigo que está buscando compañero de piso... Está un poco retirado del centro pero es barato.- Fue al recibidor y anotó en un papel un número de teléfono. - Se llama Javi, dile que vas de mi parte.

Héctor cogió el papel y,sin decir una palabra, se dio la vuelta y se marchó. Tiró el papel en el portal y se fue en busca de un supermercado o algún sitio donde vendieran algo de alcohol, necesita beber y olvidarse de todo.