-¿ Qué haces despierto a estas horas?- Le preguntó. Su voz era áspera, ronca y siempre le hacía parecer malhumorado.
- No he podido dormir, últimamente tengo insomnio.
- A ti lo que te pasa es que no tienes ningún control, eres como los murciélagos. Si te durmieras a una hora decente... Pues te voy a cortar el grifo. Mañana a las 8 te despierto.
- ¿Y tú qué haces? Te despiertas para deambular por la casa, cambias los muebles de sitio y te pones a limpiar cosas que ya están limpias. Tú no estás bien de la cabeza,.
Su padre le escrutó con la mirada, pero en seguida bajó la mirada, cogió unos vasos limpios de un armario y se dispuso a fregarlos. Los enjabonaba una y otra vez con mucho esmero, luego los aclaraba un largo rato y por último los secaba con un paño seco y los volvía a colocar en la vitrina.
Odiaba estar en casa, su padre entraba en su habitación cuando se le antojaba. A veces con el aspirador, otras con la mopa. Otras veces simplemente entraba para preguntarle lo que hacía. Alguna vez le había pillado viendo una película "no apta para menores" pero ni se había inmutado, simplemente retrocedía y cerraba la puerta murmurando cosas ilegibles.
Héctor se pasaba horas deambulando por las calles evitando llegar en su casa, y cuando lo hacía se encerraba en su cuarto, se tumbaba en la cama con la ropa puesta y simplemente no hacía nada. A veces leía algún libro cuyo título le llamaba mucho la atención, nunca se fijaba en al autor y no se leía las sinopsis.
Allí, tumbado, lo supo: su vida era una mierda, aunque tampoco le preocupaba demasiado. Lo único que quería era salir de esa casa, le daba igual vivir en una comuna de amis, al menos podría ser él mismo. En su casa nunca había sido él mismo, había sido siempre lo que se esperaba de él. Había estudiado A.D.E porque su padre admiraba a los empresarios y siempre le repetía <
También se había sacado el carnet de conducir a pesar de que odiaba coger un coche y odiaba los coches en general. No entendía como la gente podía preferir ir en esos trastos inestables, que provocan la muerte de unas Dos mil personas al año. Con lo fascinante que era el metro, el sonido del metro al llegar a la estación, el traqueteo de los viajes por las vías, la expresión de la gente. Casi era un fenómeno social ir en metro. Pero sobre todo le gustaba porque no se sentía solo.
Muy pronto anocheció. Balance del día: no había hecho absolutamente nada. Comer pizza, ver la tele y dormir una larga siesta en el sofá. Se levantó del sofá y fue hacia el baño. La puerta estaba cerrada,abrió sin llamar, en su casa no existía eso que algunos llaman "intimidad". Una señora gorda y pechugona se encontraba medio desnuda delante del espejo, echándose un carmín rojo a sus carnosos y descomunales labios. Al verle la señora puso cara de pánico y corrió a cerrar la puerta estampándosela en las narices.
Aquello era demasiado, salió de la casa y fue a la Iglesia. Aún estaba abierta. No es que él creyera en ese rollo de la Iglesia, pero su madre había sido una debota, su fe era incansable. Se había pasado la vida visitando iglesias, rezando rosarios, pidiéndole a Dios. Al menos sus plegarias habían sido escuchadas, se la llevó de una manera sumamente indolora.
Fue a la Iglesia porque sabía que era el sitio siempre podría encontrar a su madre. Por eso, y porque siempre tenían buen vino.