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lunes, 28 de abril de 2014

La historia de Caperucita

Sola, perdida en medio de esta sobredosis de hospitalidad, no me queda nada a lo que aferrarme, pues nadie vela por mí. Tan sólo lo hacía él, pero ya no está. Bueno, más bien soy yo la que ya no está, pero no estoy ni para mí misma, o en realidad nunca lo estuve.

Miro a aquel hombre y pienso en lo mucho que tiene y en lo poco que tengo yo. Él tiene amor y yo no tengo ni amor para mí misma ni a nadie que sea tan valiente como para amarme. Él lo es, pero porque en realidad no es consciente de dónde se mete. Soy incapaz de amar a nadie, ni siquiera puedo quererme a mí, tan sólo quise una vez a mi gato, que murió hace algunos años, y eso que él sólo venía a mí por interés... No era mi mascota, más bien era yo la suya. Y cuando murió, lloré, pero no lloré porque me dejase sola (como había hecho con mi tío) lloré por él, porque se había ido para siempre y no sabía realmente a dónde. Lloré porque no era justo que se acabara la vida de un ser tan poco complejo, que sabía disfrutar de los placeres sin atormentarse. Se le privaba de vivir.

Y me di cuenta en ese instante de que yo, por el contrario, me recreaba en mi complejidad, sólo era feliz en mi infelicidad "Carpe diem" sí, pero disfruta de tu infelicidad momentánea porque es la única manera de vivir la vida de verdad.

La búsqueda de la felicidad en el fondo no es más que una excusa para seguir siendo infelices y buscar los caminos más complejos. ¿Hubiera sido más feliz Caperucita de haber elegido el camino corto y no dejarse embaucar por el lobo?

La historia de Caperucita no existiría, Caperucita no era un pobre ingenua, era un alma en busca de la felicidad, que a pesar de saber que aquel lobo no era de fiar se dejó guiar por él, no con la esperanza de que la guiara por el buen camino sino con la fiel esperanza de vivir, vivir sufriendo, que al fin y al cabo es la única manera de saber que estamos viviendo.

Sin sufrimiento no hay verdadera sensación de vida, si quitamos el sufrimiento a la vida, la simplificamos a nada. Nos convertimos en seres autómatas que ni sienten ni padecen. Un ejemplo claro es el amor, el amor mueve montañas, te hace volar, hace que vivas en un mundo paralelo... ¿Pero realmente es el amor el que hace esto? ¿No es la expectativa de dolor ante la pérdida la que nos hace aferrarnos a las cosas? ¿No es el sufrimiento lo que nos fideliza?

Cuanto más amas más sufres, pero cuanto más sufres, más amas.

Y seguro que vosotros sois capaces de entenderlo mejor que yo, que nunca he amado a nadie.

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