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martes, 2 de septiembre de 2014

Lujuria

Mi sistema nervioso reaccionaba ante su presencia. Podía notar cómo se me aceleraba la respiración y se tensaban todos mis músculos.

- ¿Quieres tomar algo? ¿ Café?
- Son las nueve, si tomo café ahora no dormiré.
-¿Sigues con insomnio?
- Sí

El silencio reinaba mi pequeña sala. ¿Qué se suponía que estaba haciendo él aquí? Miraba ensimismada el mueble del televisor buscando desesperadamente un tema de conversación que sacar para romper el incómodo silencio que me ponía de los nervios.

- He hecho galletas de mantequilla, de las que te gustan- Me sorprendí a mí misma diciendo semejante estupidez. ¿Galletas? ¿Era lo mejor que se me ocurría?

Fui a la cocina (si es que puede denominarse cocina a mis dos metros cuadrados de cacharros amontonados en torno a un mini frigorífico y una vitrocerámica de dos fuegos) y cogí un platito en el que aún quedaban unas cuantas galletas de mantequilla. Llevaba varios meses haciéndolas para los cumpleaños de algunos amigos y familia y hace poco había sido el cumpleaños de mi sobrino Raúl, cumplía tres años y aunque nunca me han entusiasmado los niños, éste era un verdadero encanto.

Dejé el plato en la mesita auxiliar y me senté en el sofá, nerviosa. Él no se movió de su sitio, me miraba como quien observa a un animal exótico, con una mezcla de fascinación y rareza.

- Estaba preocupado por ti- Acababa de confirmar todas mis sospechas, había venido por lo del otro día.

- No tienes de qué preocuparte. Fue un simple sueño, ya sabes, mis miedos irracionales a veces toman posesión de mi cabeza- Mi risa nerviosa no ayudaba a reforzar mis argumentos.

Se acercó y se sentó en el sofá, ahora podía oler su colonia. Fahrenheit, de Dior. Ese perfume siempre me ha enloquecido y sé perfectamente que no es por la fragancia en sí, es porque la lleva él. Trataba de disimular mi agitación cogiendo una galleta, le ofrecí una.

- He echado mucho de menos tus galletas, aunque no es lo único que he echado de menos.- Se aproximó a mí y me acarició la rodilla con suavidad. Mi cuerpo empiezó a tensarse y a estremecerse.

<< No va a pasar nada, no va a pasar nada >>  Me repetía mentalmente esa frase mientras él se acercaba cada vez más a mí. Me acariciaba el pelo, aspiraba mi aroma y yo ya estaba  a punto de caer rendida a sus pies.

Estaba perdida, ambos los sabíamos. Era demasiado guapo,  demasiado bueno volviéndome loca. Me reconfortaba su presencia, su mirada, sus brazos. 

De repente noté su boca sobre la mía y me recorrió una sensación de placer y plenitud. Abrí la boca y le incité a entrar en ella, nuestras lenguas se encontraron y se entrelazaron con furia. Le absorbía con mis labios, absorbía todo lo que podía de él.
Sus manos acariciaban mi espalda y antes de que pudiese darme cuenta me había desabrochado el sujetador, sin necesidad de meter las manos dentro de mi camiseta. Era bueno, siempre lo había sido. Sabía bien dónde tocar.

Mis pechos quedaron liberados bajo una fina camiseta blanca de algodón, en seguida deslizó las manos bajo ella y me los acarició con cautela, como si fueran un objeto muy valioso.

- Los he echado de menos a ellos también.

Mi excitación iba en aumento y cuando vi su erección prieta marcada en los vaqueros supe que necesitaba tenerle dentro en ese preciso instante.

- Vamos a la cama- susurré entre gemidos

No perdimos más tiempo, nos levantamos, yo caminaba y él me seguía. En pocos segundos nos encontramos en mi cama de matrimonio (sí, puede que no sea la mejor idea en un apartamento del de mi tamaño pero no iba a renunciar a una cama doble) y en dos movimientos me tenía bajo su cuerpo, apretando su erección con mi entrepierna y volviéndome loca de deseo.

Necesitaba ese contacto, lo necesitaba desesperadamente. Ágilmente se desabrochó los pantalones mientras yo le buscaba moviendo mi pelvis hacia su miembro.

-¡Vamos, hazlo ya!- de mi garganta salía una voz lasciva que nada tenía que ver con mi tono habitual.

Él, sin decir una palabra, liberó su erección mostrándomela en todo su esplendor. ¡oh sí! Podía notar como palpitaba sin ni siquiera tocarla, todo eso iba a estar dentro de mí en unos instantes. Oía como rasgaba el envoltorio de un preservativo mientras mi cuerpo se impacientaba por tenerle dentro. Cuando por fin terminó de ponerse el preservativo, se acercó a mi con suavidad, yo me introduje un dedo para abrirle camino, estaba empapada. Y por fin sucedió, lo estaba haciendo otra vez, me estaba llenando una y otra vez mientras me agarraba con fuerza las caderas.

- ¡Azótame!- <<¿En serio le estaba pidiendo eso?>>

Él, sin rechistar, me dio un pequeño azote en los muslos que apenas me dolió. El azote había resultado, me hacía gemir con más intensidad y moverme para introducirle aún más en mi cuerpo.

-¡Más fuerte! ¡Azótame más fuerte!

Esta vez había conseguido picarme un poco, me enloquecía la sensación. Me embrutecía, empujaba como nunca en mi vida no había hecho. Estaba a punto de eyacular, lo podía notar porque siempre tensaba el cuello antes de hacerlo.

- ¡Azótame otra vez, muy fuerte, quiero que me duela mucho!- Ya no era yo, estaba poseída por el deseo y la lujuria del momento. Nunca me había percatado de lo que me gustaba aquello.

De pronto, él paró de embestirme, salió de mi con mucha brusquedad. Su erección había desaparecido y su cara no presagiaba nada bueno. No sabiendo muy bien qué hacer, decidí ir al cuarto de baño a refrescarme y darle su espacio.

Quince minutos después regresé a la habitación, él ya estaba vestido y sentado al borde la cama con la cabeza gacha. No me miraba, apenas se atrevía a moverse. Me senté muy cerca de él cogiéndole la mano con suavidad. Entonces me miró con tristeza, pude reconocer esa mirada y sabía de sobra lo que venía después.

- Casi había olvidado el motivo por el que cortamos

Silencio, no se me ocurría nada ingenioso para relajar el ambiente. Sabía de sobra que lo que estaba diciendo era totalmente cierto pero sin embargo no podía reconocerlo en voz alta.

- Por favor... no empecemos de nuevo con eso
- Tienes razón, no tiene sentido. He de irme, se ha hecho tarde- Y diciendo esto, se acercó, me dio un ligero beso en la mejilla y salió de la habitación. Segundos mas tarde escuché la puerta del salón. Se había ido.

miércoles, 18 de junio de 2014

Sin aviso

Había pasado una semana desde que hice la entrevista, no había tenido respuesta alguna. “No es culpa tuya, simplemente no es lo que buscaban en ese momento o no han sabido ver tu talento” Es lo que acostumbro a decirme a mi misma en estas circunstancias, pero la cruda realidad es que mi autoestima se ve reducida considerablemente.

Soy una persona insegura, aunque no de esa impresión sino más bien la contraria. Había tenido que aprender a valorarme desde muy pequeña, ya que nadie más lo hacía. No es que me hubiera tocado una familia que no me quisiera o que me tratase mal, no escondía demasiados traumas infantiles (alguno que otro, pero como todo el mundo) pero en mi familia los mensajes positivos y las muestras de afecto se consideraban “tonterías”.

En realidad no es culpa de nadie, mi padre se crió en un ambiente familiar bastante hostil donde no había ningún indicio de amor. Mi abuelo era alcohólico y además (con independencia de su adicción) tenía un carácter bastante peculiar, antisocial y me atrevería a decir que no estaba muy lejos de la psicosis. 
Mi abuela, sin embargo, era un alma creativa, una de esas personas que nacen con un talento y para las que los detalles cotidianos carecen de importancia, una trascendental (o eso dicen, porque yo nunca la llegué conocer).

El por qué se llegaron a enamorar es un gran misterio que nadie ha logrado resolver. El caso es que mi padre no tiene referencia alguna sobre cómo educar tomando como base el afecto, la empatía o la comprensión. Así que, mi infancia no fue de lo más sencilla.

Por suerte mi madre, que aunque no sea la mujer más cariñosa del mundo tiene una capacidad de entrega que sobrepasa los límites naturales, suplió algunas de las carencias con las que yo me iba encontrando.

Aún así, el rol que adquirí fue el de observadora pasivo agresiva sin voz ni voto. Empecé a entender que si yo misma no me decía que era buena en esto o en aquello, nadie lo iba a hacer. Que si yo misma no me valoraba y me preocupaba por mis necesidades (más allá de las primarias como comer , dormir o llevar ropa limpia) nadie más lo iba a hacer. Y aquí estoy ahora, con un ego y una autoestima enorme que se puede derrumbar en segundos porque nunca ha tenido un cimiento de verdad.

Puede que fuera así el modo en que empezó todo, el modo en que creé una barrera impenetrable frente al mundo, una fortaleza falsa con aspecto indestructible que hacía que tener amigos de verdad me fuese difícil y encontrar el amor más bien imposible.

De pronto, me sorprendió el timbre la puerta. Nunca solía venir nadie sin avisar, así que debía de ser algún vecino o un testigo de jehová que se hubiera colado en el portal. No miré por la mirilla (mala costumbre, mi padre siempre me lo repetía).

Allí estaba él. Rubio, con el pelo muy corto y esos ojos azules oceánicos. Nunca me habían llamado la atención los chicos rubios, con ojos y piel clara, pero este era diferente. Tenía una belleza casi magnética, podía pasarme horas mirándole como quien contempla una obra de arte, deleitado.

- ¿Puedo pasar?

- Claro. Pasa.

viernes, 13 de junio de 2014

"Te quiero"

Era domingo por la tarde, siempre había odiado los domingos, era como cargar con una gran losa, una penitencia porque sabes que en unas pocas horas el ansiado fin de semana habrá llegado a su fin.
Sin embargo, ahora que no tenía que madrugar para ir a estudiar o trabajar (aunque igualmente no me gustaba levantarme excesivamente tarde) los domingos eran para mí unos días muy preciados en los que me gustaba pensar que el resto del mundo estaría en sus casas, angustiados por su aplastante rutina mientras yo llevaba una vida hedonista de escritora y Freelance.

Estaba muy de moda aquello de ser Freelance, aunque yo no lo había elegido gustosamente. Mi contrato en una agencia de publicidad se acabó hace cinco meses y tras una búsqueda intensiva de empleo y que sólo me llamaran para dos entrevistas, decidí empezar a trabajar por mi cuenta. Lamentablemente la cosa no estaba saliendo tan bien como imaginé, no quería ni pensar como iba a pagarme el alquiler del próximo mes.

Abrí la nevera, menos mal que mi madre había estado allí hacía pocos días y tenía comida casera para montar un banco de alimentos. No podía entender por qué mis hermanos rechazaban la comida casera de mi madre, ¿acaso les sobraba tiempo para cocinar? Y aunque así fuera ¿Acaso les sobraban ganas? No es que no me guste cocinar, pero cuando tienes que hacerlo día tras día... pierde un poco su encanto. En realidad el encanto está en invitar a tus amigos a casa a cenar y prepararles platos exóticos como Couscous o gazpacho de cerezas.

Al principio organizaba muchas cenas, casi todas las semanas, claro que eso fue antes de lo que pasó con Víctor. Muchas cosas habían cambiado desde entonces, yo cada día me sentía con menos humor para encuentros sociales y mis amigos ya se habían cansado de insistir en que saliera, apenas me llamaban y no les podía culpar por ello.

Después de dos películas de suspense (típicas del domingo por la tarde) y de haber arrasado con toda la munición de chucherías que tenía en el mueble del salón (tenía que guardar en él comida, medicinas y hasta las velas debido a la falta de espacio) decidí que era hora de irme a dormir, las doce y media era buena hora para acabar la semana.

08.50, una pesadilla horrible me hizo despertar, hasta podría asegurar que había gritado de verdad. Estaba en una consulta médica, tumbada en una camilla blanca, al lado de un monitor con un montón de indicadores cuyo significado yo desconocía. Yo estaba relajada, casi riéndome. Una mujer médico estaba observando los monitores con mucho detenimiento.

Mi amiga Teresa estaba allí conmigo. Teresa era una amiga de la infancia, nos conocíamos desde los tres años pero no teníamos mucho en común. Ella era muy servicial, había estudiado jardín de infancia y le apasionaban los niños y el modelo de vida tradicional, yo, por el contrario, no tenía ningún interés en ese modo de vida. Siempre había querido ser una mujer independiente de esas que viajan mucho con un maletín bajo el brazo, asisten constantemente a reuniones y conocen gente de todas partes.

Sin embargo, a pesar de ser tan diferentes, siempre nos había unido un hilo invisible. Era como mi hermana. Tres veranos atrás (aún vivía con mis padres) me había hecho una contractura justo el día de antes de mis ansiadas vacaciones a la playa. Teresa vino corriendo a mi casa, me ayudó a ducharme y se recorrió el barrio entero buscando un osteópata que me consiguiera cita en el mismo día (Un viernes a las ocho de la tarde, misión casi imposible, pero ella lo consiguió).


- Me voy a casar en un mes- Dije con jovialidad al médico- Así que más le vale no darme malas noticias, a ver si me va a decir que no voy a llegar a contarlo.

- En realidad... No vas a poder casarte, tienes un cáncer en el pulmón. Te queda una semana de vida.

Ni siquiera puedo expresar el horror de mi rostro cuando recibí semejante noticia. Me desperté sudando, con la sensación de estar cayendo inevitablemente por un pozo oscuro en el que no ves el final. Entregándote al final de tu fatídico destino, con la frustración de no poder hacer nada que cambie las circunstancias.

Me desperté sobresaltada y empapada en sudor, y la pesadilla hubiera terminado ahí, cuando me digo a mí misma “tranquila, no es más que un mal sueño” de no haber sido porque cogí instintivamente el móvil y me encontré el siguiente mensaje:

Buenos días X. Puf, acabo de despertarme, lo he pasado fatal esta noche... He soñado contigo, estabas en la calle con tus padres, pálida en muy mal estado y yo quería preguntar qué era lo que te pasaba pero tu madre sólo decía “está muy mal, está muy mal”.
Tengo ganas de verte, Teresa


Mi corazón latía a mil por hora, esto no podía estar pasándome a mí. Nunca había sido demasiado supersticiosa, es más siempre me había considerado un poco escéptica pero aquello me desconcertó hasta atemorizarme.

¿Sería una señal de algo? ¿Me iba a morir? ¿O era una señal de advertencia? Intenté recuperar la cordura, no era más que una coincidencia, a veces pasaba. Había oído hablar de las conexiones entre hermanos gemelos, cuando a uno le pasaba algo el otro podía sentirlo físicamente, ¿no podía ser esto algo parecido? Quizás Teresa había sentido el terror de mi pesadilla.

En ese momento necesitaba alguien que me devolviera a la realidad, alguien con mente fría.

- Tranquilízate- Su voz tenía un efecto calmante sobre mi sistema nervioso. Me había jurado no volver a llamarle nunca más pero esta era una de esas clases de cosas que uno jura a sabiendas de que algún día lo incumplirá y yo, desde luego, lo había incumplido muchas veces .

- ¿Y si es una señal?

- ¿Una seña de qué? Sólo ha sido un sueño, a veces esas cosas ocurren. Voy a mandarte unas técnicas para el control de estrés y malos pensamientos. Te vendrán bien.

¿Técnicas para manejar el estrés? No era eso lo que yo necesitaba en ese momento, un simple “te quiero, todo irá bien” hubiera bastado para calmar mi ansiedad. Pero el ya no estaba en posición de decir eso, y yo no estaba en ninguna posición de esperarlo. Lo nuestro se había acabado, ya era hora de que entendiese que no podía llamarle cada vez que tuviera una pesadilla, o un mal día. Debía aprender a vivir sola.

- Sí, genial, gracias- Contesté sin entusiasmo.

- X, te dejo, entro a trabajar. Te quiero

¿Había dicho que me quería? ¿Pero a qué jugaba?