Mi
sistema nervioso reaccionaba ante su presencia. Podía notar cómo se
me aceleraba la respiración y se tensaban todos mis músculos.
-
¿Quieres tomar algo? ¿ Café?
- Son
las nueve, si tomo café ahora no dormiré.
-¿Sigues
con insomnio?
- Sí
El
silencio reinaba mi pequeña sala. ¿Qué se suponía que estaba
haciendo él aquí? Miraba ensimismada el mueble del televisor
buscando desesperadamente un tema de conversación que sacar para
romper el incómodo silencio que me ponía de los nervios.
- He
hecho galletas de mantequilla, de las que te gustan- Me sorprendí a
mí misma diciendo semejante estupidez. ¿Galletas? ¿Era lo mejor
que se me ocurría?
Fui a
la cocina (si es que puede denominarse cocina a mis dos metros
cuadrados de cacharros amontonados en torno a un mini frigorífico y
una vitrocerámica de dos fuegos) y cogí un platito en el que aún
quedaban unas cuantas galletas de mantequilla. Llevaba varios meses
haciéndolas para los cumpleaños de algunos amigos y familia y hace
poco había sido el cumpleaños de mi sobrino Raúl, cumplía tres
años y aunque nunca me han entusiasmado los niños, éste era un
verdadero encanto.
Dejé
el plato en la mesita auxiliar y me senté en el sofá, nerviosa. Él
no se movió de su sitio, me miraba como quien observa a un animal
exótico, con una mezcla de fascinación y rareza.
-
Estaba preocupado por ti- Acababa de confirmar todas mis sospechas,
había venido por lo del otro día.
- No
tienes de qué preocuparte. Fue un simple sueño, ya sabes, mis
miedos irracionales a veces toman posesión de mi cabeza- Mi risa
nerviosa no ayudaba a reforzar mis argumentos.
Se
acercó y se sentó en el sofá, ahora podía oler su colonia.
Fahrenheit, de Dior. Ese perfume siempre me ha enloquecido y sé
perfectamente que no es por la fragancia en sí, es porque la lleva
él. Trataba de disimular mi agitación cogiendo una galleta, le
ofrecí una.
- He
echado mucho de menos tus galletas, aunque no es lo único que he
echado de menos.- Se aproximó a mí y me acarició la rodilla con
suavidad. Mi cuerpo empiezó a tensarse y a estremecerse.
Estaba perdida, ambos los sabíamos. Era demasiado guapo, demasiado
bueno volviéndome loca. Me reconfortaba su presencia, su mirada, sus
brazos.
De
repente noté su boca sobre la mía y me recorrió una sensación de
placer y plenitud. Abrí la boca y le incité a entrar en ella,
nuestras lenguas se encontraron y se entrelazaron con furia. Le absorbía con
mis labios, absorbía todo lo que podía de él.
Sus
manos acariciaban mi espalda y antes de que pudiese darme cuenta me había desabrochado el sujetador, sin necesidad de meter las manos dentro de
mi camiseta. Era bueno, siempre lo había sido. Sabía bien dónde tocar.
Mis
pechos quedaron liberados bajo una fina camiseta blanca de algodón, en
seguida deslizó las manos bajo ella y me los acarició con cautela,
como si fueran un objeto muy valioso.
- Los
he echado de menos a ellos también.
Mi
excitación iba en aumento y cuando vi su erección prieta marcada en
los vaqueros supe que necesitaba tenerle dentro en ese preciso instante.
-
Vamos a la cama- susurré entre gemidos
No
perdimos más tiempo, nos levantamos, yo caminaba y él me seguía. En
pocos segundos nos encontramos en mi cama de matrimonio (sí, puede
que no sea la mejor idea en un apartamento del de mi tamaño pero no
iba a renunciar a una cama doble) y en dos movimientos me tenía bajo
su cuerpo, apretando su erección con mi entrepierna y volviéndome
loca de deseo.
Necesitaba
ese contacto, lo necesitaba desesperadamente. Ágilmente se
desabrochó los pantalones mientras yo le buscaba moviendo mi pelvis
hacia su miembro.
-¡Vamos,
hazlo ya!- de mi garganta salía una voz lasciva que nada tenía que
ver con mi tono habitual.
Él,
sin decir una palabra, liberó su erección mostrándomela en todo su
esplendor. ¡oh sí! Podía notar como palpitaba sin ni siquiera
tocarla, todo eso iba a estar dentro de mí en unos instantes. Oía
como rasgaba el envoltorio de un preservativo mientras mi cuerpo se
impacientaba por tenerle dentro. Cuando por fin terminó de ponerse
el preservativo, se acercó a mi con suavidad, yo me introduje un
dedo para abrirle camino, estaba empapada. Y por fin sucedió, lo
estaba haciendo otra vez, me estaba llenando una y otra vez mientras
me agarraba con fuerza las caderas.
- ¡Azótame!-
<<¿En serio le estaba pidiendo eso?>>
Él,
sin rechistar, me dio un pequeño azote en los muslos que apenas me
dolió. El azote había resultado, me hacía gemir con más
intensidad y moverme para introducirle aún más en mi cuerpo.
-¡Más
fuerte! ¡Azótame más fuerte!
Esta
vez había conseguido picarme un poco, me enloquecía la sensación.
Me embrutecía, empujaba como nunca en mi vida no había hecho.
Estaba a punto de eyacular, lo podía notar porque siempre tensaba el
cuello antes de hacerlo.
- ¡Azótame
otra vez, muy fuerte, quiero que me duela mucho!- Ya no era yo,
estaba poseída por el deseo y la lujuria del momento. Nunca me
había percatado de lo que me gustaba aquello.
De
pronto, él paró de embestirme, salió de mi con mucha brusquedad.
Su erección había desaparecido y su cara no presagiaba nada bueno.
No sabiendo muy bien qué hacer, decidí ir al cuarto de baño a
refrescarme y darle su espacio.
Quince
minutos después regresé a la habitación, él ya estaba vestido y
sentado al borde la cama con la cabeza gacha. No me miraba, apenas se
atrevía a moverse. Me senté muy cerca de él cogiéndole la mano
con suavidad. Entonces me miró con tristeza, pude reconocer esa
mirada y sabía de sobra lo que venía después.
- Casi
había olvidado el motivo por el que cortamos
Silencio,
no se me ocurría nada ingenioso para relajar el ambiente. Sabía de
sobra que lo que estaba diciendo era totalmente cierto pero sin
embargo no podía reconocerlo en voz alta.
- Por
favor... no empecemos de nuevo con eso
- Tienes
razón, no tiene sentido. He de irme, se ha hecho tarde- Y diciendo
esto, se acercó, me dio un ligero beso en la mejilla y salió de la
habitación. Segundos mas tarde escuché la puerta del salón. Se
había ido.
