Había
pasado una semana desde que hice la entrevista, no había tenido
respuesta alguna. “No es culpa tuya, simplemente no es lo que
buscaban en ese momento o no han sabido ver tu talento” Es lo que
acostumbro a decirme a mi misma en estas circunstancias, pero la
cruda realidad es que mi autoestima se ve reducida considerablemente.
Soy
una persona insegura, aunque no de esa impresión sino más bien la
contraria. Había tenido que
aprender a valorarme desde muy pequeña, ya que nadie más lo hacía.
No es que me hubiera tocado una familia que no me quisiera o que me
tratase mal, no escondía demasiados traumas infantiles (alguno que
otro, pero como todo el mundo) pero en mi familia los mensajes
positivos y las muestras de afecto se consideraban “tonterías”.
En
realidad no es culpa de nadie, mi padre se crió en un ambiente
familiar bastante hostil donde no había ningún indicio de amor. Mi
abuelo era alcohólico y además (con independencia de su adicción)
tenía un carácter bastante peculiar, antisocial y me atrevería a
decir que no estaba muy lejos de la psicosis.
Mi abuela, sin embargo,
era un alma creativa, una de esas personas que nacen con un talento y
para las que los detalles cotidianos carecen de importancia, una
trascendental (o eso dicen, porque yo nunca la llegué conocer).
El por
qué se llegaron a enamorar es un gran misterio que nadie ha logrado
resolver. El caso es que mi padre no tiene referencia alguna sobre
cómo educar tomando como base el afecto, la empatía o la
comprensión. Así que, mi infancia no fue de lo más sencilla.
Por
suerte mi madre, que aunque no sea la mujer más cariñosa del mundo
tiene una capacidad de entrega que sobrepasa los límites naturales,
suplió algunas de las carencias con las que yo me iba encontrando.
Aún
así, el rol que adquirí fue el de observadora pasivo agresiva sin
voz ni voto. Empecé a entender que si yo misma no me decía que era
buena en esto o en aquello, nadie lo iba a hacer. Que si yo misma no
me valoraba y me preocupaba por mis necesidades (más allá de las
primarias como comer , dormir o llevar ropa limpia) nadie más lo iba
a hacer. Y aquí estoy ahora, con un ego y una autoestima enorme que
se puede derrumbar en segundos porque nunca ha tenido un cimiento de
verdad.
Puede
que fuera así el modo en que empezó todo, el modo en que creé una
barrera impenetrable frente al mundo, una fortaleza falsa con aspecto
indestructible que hacía que tener amigos de verdad me fuese difícil
y encontrar el amor más bien imposible.
De
pronto, me sorprendió el timbre la puerta. Nunca solía venir nadie
sin avisar, así que debía de ser algún vecino o un testigo de
jehová que se hubiera colado en el portal. No miré por la mirilla
(mala costumbre, mi padre siempre me lo repetía).
Allí
estaba él. Rubio, con el pelo muy corto y esos ojos azules
oceánicos. Nunca me habían llamado la atención los chicos rubios,
con ojos y piel clara, pero este era diferente. Tenía una belleza
casi magnética, podía pasarme horas mirándole como quien contempla
una obra de arte, deleitado.
- ¿Puedo pasar?
- Claro.
Pasa.
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