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miércoles, 18 de junio de 2014

Sin aviso

Había pasado una semana desde que hice la entrevista, no había tenido respuesta alguna. “No es culpa tuya, simplemente no es lo que buscaban en ese momento o no han sabido ver tu talento” Es lo que acostumbro a decirme a mi misma en estas circunstancias, pero la cruda realidad es que mi autoestima se ve reducida considerablemente.

Soy una persona insegura, aunque no de esa impresión sino más bien la contraria. Había tenido que aprender a valorarme desde muy pequeña, ya que nadie más lo hacía. No es que me hubiera tocado una familia que no me quisiera o que me tratase mal, no escondía demasiados traumas infantiles (alguno que otro, pero como todo el mundo) pero en mi familia los mensajes positivos y las muestras de afecto se consideraban “tonterías”.

En realidad no es culpa de nadie, mi padre se crió en un ambiente familiar bastante hostil donde no había ningún indicio de amor. Mi abuelo era alcohólico y además (con independencia de su adicción) tenía un carácter bastante peculiar, antisocial y me atrevería a decir que no estaba muy lejos de la psicosis. 
Mi abuela, sin embargo, era un alma creativa, una de esas personas que nacen con un talento y para las que los detalles cotidianos carecen de importancia, una trascendental (o eso dicen, porque yo nunca la llegué conocer).

El por qué se llegaron a enamorar es un gran misterio que nadie ha logrado resolver. El caso es que mi padre no tiene referencia alguna sobre cómo educar tomando como base el afecto, la empatía o la comprensión. Así que, mi infancia no fue de lo más sencilla.

Por suerte mi madre, que aunque no sea la mujer más cariñosa del mundo tiene una capacidad de entrega que sobrepasa los límites naturales, suplió algunas de las carencias con las que yo me iba encontrando.

Aún así, el rol que adquirí fue el de observadora pasivo agresiva sin voz ni voto. Empecé a entender que si yo misma no me decía que era buena en esto o en aquello, nadie lo iba a hacer. Que si yo misma no me valoraba y me preocupaba por mis necesidades (más allá de las primarias como comer , dormir o llevar ropa limpia) nadie más lo iba a hacer. Y aquí estoy ahora, con un ego y una autoestima enorme que se puede derrumbar en segundos porque nunca ha tenido un cimiento de verdad.

Puede que fuera así el modo en que empezó todo, el modo en que creé una barrera impenetrable frente al mundo, una fortaleza falsa con aspecto indestructible que hacía que tener amigos de verdad me fuese difícil y encontrar el amor más bien imposible.

De pronto, me sorprendió el timbre la puerta. Nunca solía venir nadie sin avisar, así que debía de ser algún vecino o un testigo de jehová que se hubiera colado en el portal. No miré por la mirilla (mala costumbre, mi padre siempre me lo repetía).

Allí estaba él. Rubio, con el pelo muy corto y esos ojos azules oceánicos. Nunca me habían llamado la atención los chicos rubios, con ojos y piel clara, pero este era diferente. Tenía una belleza casi magnética, podía pasarme horas mirándole como quien contempla una obra de arte, deleitado.

- ¿Puedo pasar?

- Claro. Pasa.

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