- X, por
favor, puede pasar a la consulta- determinó la enfermera con tono
impaciente.
Siempre había sentido una gran curiosidad por la actitud
hostil del personal sanitario, aunque no era ningún secreto el
descontento general de este sector, no entendía como podía
consentirse este comportamiento en un servicio tan delicado como el
de la salud. Bastante desconcertante era ya acudir a un lugar con el
que estás poco familiarizado, a tratar algo tan relevante como tu
salud, como para que encima te trataran como si fueses un estorbo y te
estuvieran haciendo un favor por atenderte en consulta. No tuve
tiempo de seguir con la línea de mis pensamientos, cuando la
enfermera me hizo un gesto malhumorado para que me apresurase a
entrar en la sala.
Mi
ginecólogo habitual era una mujer morena, de unos cuarenta y cinco
años, blanca de piel, por su acento me atrevería a aventurar que
debía proceder del Este de Europa. Me saludó con una cordial aunque
escueta sonrisa y me señaló la silla para que tomase asiento.
- Vienes
a por los resultados... ¿Verdad?- Vaticinó mientras tecleaba algo
en su ordenador sin demasiada soltura.
- Sí...
Así es- No pude decir nada más elocuente, los nervios se estaban
apoderando de mí, aquella sala tenía un efecto aterrador y ni
siquiera era capaz de mirar al frente.
Después
de una larga espera (aunque en realidad no creo que fuese más de un
minuto), pulsó una tecla y la impresora empezó a sacar un papel
blanco con lo que parecía el resultado de mi prueba.
La
mujer me tendió el papel, sin mirarme, y siguió atendiendo a su
pantalla.
Apenas pude entender la mitad de las palabras que había en
la hoja, pero sólo necesitaba una que me devolviera a mi estado de
paz, y allí estaba, nunca hubo una palabra más preciosa: Negativo.
Suspiré con alivio y al segundo me reprendí por haber sido tan
estúpida, si fuera tan fácil quedarse embarazada ya habría un superávit inabarcable en el mundo.
- ¿Entonces
no estoy embarazada, verdad?- Aunque pueda resultar absurda la
pregunta, no pensaba irme de aquella consulta sin tener la
confirmación a voz viva de que aquello era real.
- Ya has
leído que es negativo- me confirmó con frialdad. -¿Algo más
querías?
Apenas
pude reprimir una mirada de descontento, y creo que también en mi
tono de voz se debió notar mi irritación.
- Quiero
saber por qué tengo los períodos tan descontrolados, la causa de la
amenorrea, que es por lo que estoy aquí.
- Sus
ojos azules se clavaron en los míos, pero no me produjeron emoción
alguna, casi era como tratar con una máquina, un vacío oceánico se
adentraba en mis pupilas.
- Probablemente
sea un descontrol puntual. Si has estado nerrviosa o has trastocado
algún hábito... Eso no tiene imporrtancia.
Así
finalizó mi consulta, con una reprimenda de mí misma por ser tan
asustadiza y con la indiferencia total de mi ginecólogo, cosa que,
por otro lado, no me sorprendía en absoluto.
Otro
viernes noche que decidía quedarme en casa, apenas tenía vida
social últimamente, y ciertamente no era por falta de tiempo (excusa
que ponía incansables veces para escaquearme de eventos y otras
formalidades a las que me invitaban amigos y gente de mi gremio) pero
yo sabía que la verdadera razón no era esa, estaba agotada
emocionalmente de la gente, hasta de mis más íntimos amigos.
La
expectativa había sido siempre uno de mis grandes problemas,
esperaba demasiado de todo el mundo y no me había dado cuenta de que
la mitad de las cosas que las personas nos tomamos como ofensas a
nivel personal no son más que descuidos inocentes que en ningún
momento tienen la intención maquiavélica que muchos le atribuimos.
El
problema de llegar a este punto de entendimiento es que las cosas se
volvieron mucho más aburridas, la simplicidad de la gente y la falta
de expectativa hacia sus comportamientos iba haciendo que, poco a
poco, todo se convirtiera en un proceso vacío con el que yo no me
sentía demasiado enriquecida.
Si
todos tenemos excusa para no cumplir con una expectativa, no
conseguía ver el significado de las relaciones. Me asombraba la poca
empatía que podían tener las personas, o la falta de visión
quizás, de anticipación.
En cualquier caso, me cansé de la gente,
me cansé de sus aportaciones, me cansé de los compromisos sociales,
y me cansé también de tener que fingir entusiasmo cuando lo único
que quería era llegar a casa y quedarme sumida en mis pensamientos
sin tener que intentar explicar mi visión del mundo a cada paso, no
porque fuera muy recelosa con mi manera de verlo, sino porque me
parecía una absoluta pérdida de tiempo.
Así que mis viernes noche
se reducían a quedarme en casa, tirada en el sofá, leyendo a
Flaubert y comiendo algo que tenía que haber sido previamente
seleccionado con minuciosidad para que no le sentase mal a mi
delicado estómago.
En
medio de mi calma y de quedarme adormilada en el sofá mientras veía
una sitcom de humor que no había conseguido engancharme del todo,
sonó en mi teléfono la melodía de The Script que llevaba ya unos
años sin cambiar. Me sobresalté del sofá y corrí en busca del
teléfono que había dejado en la mesa auxiliar (en la que comía y
también escribía, porque era la única mesa de la casa).
Cuando
al fin lo encontré la llamaba se había interrumpido, era un número
desconocido. Pensé que podía ser de la entrevista, pero pronto
recordé la hora que era y lo descarté por completo. Recé para que
no fuera alguna proposición de salir de alguna de mis amigas y me
dispuse a rellamar tentada por la intriga. Tras cinco tonos, decidí
desistir, volviéndome a tumbar en el sofá, pero al cabo de un largo
rato el teléfono volvío a sonar, esta vez fui más rápida y logré
cogerlo al segundo tono.
- ¿Sí?
- Hola,
¿puedo hablar con X?- Una voz grave, quebrada y masculina pronunció
mi nombre con una armonía que no me terminó de disgustar.
- Sí,
soy yo- La intriga se apoderaba de mi voz, al fin y al cabo que me
llamase un extraño un viernes por la noche era lo más excitante que
me había ocurrido en meses.
- Te
llamaba porque te dejaste en mi taxi una carpeta el otro día, pensé
que querrías recuperarla.
La
emoción que me recorría expiró por completo, ¡la carpeta!, ni
siquiera había notado su ausencia, además no había nada
interesante en ella, tan sólo un par de currículums y unas cuantas
páginas de la novela, nada que no pudiera volver a imprimir en unos
segundos.
- Oh, no
se preocupe, no hay nada importante en ella, puede tirarla si quiere-
En mi voz se debió notar la decepción que sentí al conocer
finalmente la causa de la llamada.
- Normalmente
nunca suelo llamar para devolver nada, entre otras cosas porque no
son cosas en las que aparezcan los números de contacto... Pero en la
carpeta también está su pasaporte, y me pareció adecuado llamarle
para devolvérselo. Por experiencia sé que es una pesadilla el
trámite, además del coste que implica.
¿Mi
pasaporte? ¡Joder, no sabía que estuviera ahí! De pronto recordé
por qué lo había guardado ahí.. Sentí un enorme agradecimiento
hacia aquel taxista, nunca más volvería a sentir cierta hostilidad
hacia esa profesión.
- ¡Oh,
no lo sabía!- Logré decir educadamente- Claro, dígame dónde
quiere que vaya a recogerlo y allí estaré.
- Suelo
parar a tomar a tomar café en una cafetería del centro que está
abierta hasta altas horas de la noche. ¿Quieras anotar la dirección?
Estaré allí a eso de las dos
- Está
bien, allí estaré- Casi sentía como si me lo estuviera ordenando,
yo nunca solía salir sola a esas horas de la noche, pero esta vez no
tenía alternativa.
Antes de que pudiera darme cuenta, el taxista ya me había colgado el
teléfono, ni siquiera una cordial despedida.
Miré
en Google Maps la localización del sitio, conocía más o menos la
zona pero nunca había ido sola ni sabía exactamente cómo llegar,
además a esa hora probablemente ya no hubiera ni metro. Recordé que
había un autobús nocturno que paraba muy cerca de mi casa, sería
mejor que el metro y tenía tiempo de sobra para perderme antes de
llegar.
Me metí en la ducha, tarareando (como siempre) alguna de las
canciones que había oído recientemente en la radio. Me sequé el
pelo rápidamente, sin mucho esmero, y me puse unas medias negras con
un pantalón vaquero corto por encima, y mi cardigan gris favorito.
Cogí mi MP3, y ya estaba lista para ir en busca de mi pasaporte
perdido.