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miércoles, 21 de mayo de 2014

Giro

-  X, por favor, puede pasar a la consulta- determinó la enfermera con tono impaciente.

 Siempre había sentido una gran curiosidad por la actitud hostil del personal sanitario, aunque no era ningún secreto el descontento general de este sector, no entendía como podía consentirse este comportamiento en un servicio tan delicado como el de la salud. Bastante desconcertante era ya acudir a un lugar con el que estás poco familiarizado, a tratar algo tan relevante como tu salud, como para que encima te trataran como si fueses un estorbo y te estuvieran haciendo un favor por atenderte en consulta. No tuve tiempo de seguir con la línea de mis pensamientos, cuando la enfermera me hizo un gesto malhumorado para que me apresurase a entrar en la sala.

Mi ginecólogo habitual era una mujer morena, de unos cuarenta y cinco años, blanca de piel, por su acento me atrevería a aventurar que debía proceder del Este de Europa. Me saludó con una cordial aunque escueta sonrisa y me señaló la silla para que tomase asiento.

-  Vienes a por los resultados... ¿Verdad?- Vaticinó mientras tecleaba algo en su ordenador sin demasiada soltura.

-  Sí... Así es- No pude decir nada más elocuente, los nervios se estaban apoderando de mí, aquella sala tenía un efecto aterrador y ni siquiera era capaz de mirar al frente.

Después de una larga espera (aunque en realidad no creo que fuese más de un minuto), pulsó una tecla y la impresora empezó a sacar un papel blanco con lo que parecía el resultado de mi prueba.
La mujer me tendió el papel, sin mirarme, y siguió atendiendo a su pantalla.

 Apenas pude entender la mitad de las palabras que había en la hoja, pero sólo necesitaba una que me devolviera a mi estado de paz, y allí estaba, nunca hubo una palabra más preciosa: Negativo.

 Suspiré con alivio y al segundo me reprendí por haber sido tan estúpida, si fuera tan fácil quedarse embarazada ya habría un superávit inabarcable en el mundo.

-  ¿Entonces no estoy embarazada, verdad?- Aunque pueda resultar absurda la pregunta, no pensaba irme de aquella consulta sin tener la confirmación a voz viva de que aquello era real.

-  Ya has leído que es negativo- me confirmó con frialdad. -¿Algo más querías?

Apenas pude reprimir una mirada de descontento, y creo que también en mi tono de voz se debió notar mi irritación.

-  Quiero saber por qué tengo los períodos tan descontrolados, la causa de la amenorrea, que es por lo que estoy aquí.

-  Sus ojos azules se clavaron en los míos, pero no me produjeron emoción alguna, casi era como tratar con una máquina, un vacío oceánico se adentraba en mis pupilas.

-  Probablemente sea un descontrol puntual. Si has estado nerrviosa o has trastocado algún hábito... Eso no tiene imporrtancia.

Así finalizó mi consulta, con una reprimenda de mí misma por ser tan asustadiza y con la indiferencia total de mi ginecólogo, cosa que, por otro lado, no me sorprendía en absoluto.

Otro viernes noche que decidía quedarme en casa, apenas tenía vida social últimamente, y ciertamente no era por falta de tiempo (excusa que ponía incansables veces para escaquearme de eventos y otras formalidades a las que me invitaban amigos y gente de mi gremio) pero yo sabía que la verdadera razón no era esa, estaba agotada emocionalmente de la gente, hasta de mis más íntimos amigos. 

La expectativa había sido siempre uno de mis grandes problemas, esperaba demasiado de todo el mundo y no me había dado cuenta de que la mitad de las cosas que las personas nos tomamos como ofensas a nivel personal no son más que descuidos inocentes que en ningún momento tienen la intención maquiavélica que muchos le atribuimos.

El problema de llegar a este punto de entendimiento es que las cosas se volvieron mucho más aburridas, la simplicidad de la gente y la falta de expectativa hacia sus comportamientos iba haciendo que, poco a poco, todo se convirtiera en un proceso vacío con el que yo no me sentía demasiado enriquecida.

Si todos tenemos excusa para no cumplir con una expectativa, no conseguía ver el significado de las relaciones. Me asombraba la poca empatía que podían tener las personas, o la falta de visión quizás, de anticipación.
 En cualquier caso, me cansé de la gente, me cansé de sus aportaciones, me cansé de los compromisos sociales, y me cansé también de tener que fingir entusiasmo cuando lo único que quería era llegar a casa y quedarme sumida en mis pensamientos sin tener que intentar explicar mi visión del mundo a cada paso, no porque fuera muy recelosa con mi manera de verlo, sino porque me parecía una absoluta pérdida de tiempo.

Así que mis viernes noche se reducían a quedarme en casa, tirada en el sofá, leyendo a Flaubert y comiendo algo que tenía que haber sido previamente seleccionado con minuciosidad para que no le sentase mal a mi delicado estómago.

En medio de mi calma y de quedarme adormilada en el sofá mientras veía una sitcom de humor que no había conseguido engancharme del todo, sonó en mi teléfono la melodía de The Script que llevaba ya unos años sin cambiar. Me sobresalté del sofá y corrí en busca del teléfono que había dejado en la mesa auxiliar (en la que comía y también escribía, porque era la única mesa de la casa).

Cuando al fin lo encontré la llamaba se había interrumpido, era un número desconocido. Pensé que podía ser de la entrevista, pero pronto recordé la hora que era y lo descarté por completo. Recé para que no fuera alguna proposición de salir de alguna de mis amigas y me dispuse a rellamar tentada por la intriga. Tras cinco tonos, decidí desistir, volviéndome a tumbar en el sofá, pero al cabo de un largo rato el teléfono volvío a sonar, esta vez fui más rápida y logré cogerlo al segundo tono.

- ¿Sí?
-  Hola, ¿puedo hablar con X?- Una voz grave, quebrada y masculina pronunció mi nombre con una armonía que no me terminó de disgustar.
-  Sí, soy yo- La intriga se apoderaba de mi voz, al fin y al cabo que me llamase un extraño un viernes por la noche era lo más excitante que me había ocurrido en meses.
-  Te llamaba porque te dejaste en mi taxi una carpeta el otro día, pensé que querrías recuperarla.

La emoción que me recorría expiró por completo, ¡la carpeta!, ni siquiera había notado su ausencia, además no había nada interesante en ella, tan sólo un par de currículums y unas cuantas páginas de la novela, nada que no pudiera volver a imprimir en unos segundos.

-  Oh, no se preocupe, no hay nada importante en ella, puede tirarla si quiere- En mi voz se debió notar la decepción que sentí al conocer finalmente la causa de la llamada.
-  Normalmente nunca suelo llamar para devolver nada, entre otras cosas porque no son cosas en las que aparezcan los números de contacto... Pero en la carpeta también está su pasaporte, y me pareció adecuado llamarle para devolvérselo. Por experiencia sé que es una pesadilla el trámite, además del coste que implica.

¿Mi pasaporte? ¡Joder, no sabía que estuviera ahí! De pronto recordé por qué lo había guardado ahí.. Sentí un enorme agradecimiento hacia aquel taxista, nunca más volvería a sentir cierta hostilidad hacia esa profesión.

- ¡Oh, no lo sabía!- Logré decir educadamente- Claro, dígame dónde quiere que vaya a recogerlo y allí estaré.
-  Suelo parar a tomar a tomar café en una cafetería del centro que está abierta hasta altas horas de la noche. ¿Quieras anotar la dirección? Estaré allí a eso de las dos
-  Está bien, allí estaré- Casi sentía como si me lo estuviera ordenando, yo nunca solía salir sola a esas horas de la noche, pero esta vez no tenía alternativa. Antes de que pudiera darme cuenta, el taxista ya me había colgado el teléfono, ni siquiera una cordial despedida.

Miré en Google Maps la localización del sitio, conocía más o menos la zona pero nunca había ido sola ni sabía exactamente cómo llegar, además a esa hora probablemente ya no hubiera ni metro. Recordé que había un autobús nocturno que paraba muy cerca de mi casa, sería mejor que el metro y tenía tiempo de sobra para perderme antes de llegar.

 Me metí en la ducha, tarareando (como siempre) alguna de las canciones que había oído recientemente en la radio. Me sequé el pelo rápidamente, sin mucho esmero, y me puse unas medias negras con un pantalón vaquero corto por encima, y mi cardigan gris favorito. Cogí mi MP3, y ya estaba lista para ir en busca de mi pasaporte perdido. 

lunes, 19 de mayo de 2014

Pánico

Me puse mi pijama de manga corta (a pesar de estar en febrero me gusta sentir el contacto de las sábanas en mi piel) y fui a la cocina a prepararme algo de cena.

El despertador interrumpió bruscamente un cálido sueño que, aunque no pueda recordar, me hacía sentir en paz, como un placentero día de primavera con la suave brisa del mar acariciando los frágiles cuerpos que se atreven a caminar por el lecho de las olas. Las diez y media, y de nuevo el parpadeo del teléfono llamando mi atención. Tenía dos llamadas perdidas del mismo número que aparecía ayer en el teléfono. Pulsé el botón de llamar con un nerviosismo notorio, una voz de hombre me contestó. En menos de dos minutos mi vida había dado un giro, tenía una entrevista con una de las mejores editoriales del país, tenía que estar allí a las doce de esa misma mañana y aún ni siquiera me había duchado.

La emoción recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica, ¿y si por fin había llegado mi oportunidad? ¿y si pasaba de ser una escritora frustrada a ser una agente literaria con un sueldo normal, con una vida estructurada y una esperanza de futuro? Me duché tan rápido como pude, me puse un vestido negro de media manga y unas medias grises tupidas, cogí la carpeta donde guardo mis currículums y las pocas páginas de la novela que había impreso, y salí escopetada hacia la boca de metro.

La entrevista no había ido demasiado mal, aunque esperaba encontrarme con alguien más que una Recursos Humanos de poco más de veinticinco años, pero había sido un encuentro distendido y ameno en el que no creía haberme desenvuelto con demasiada torpeza. Cuando salí del edificio, tras entregar en admisión mi tarjeta de “visitante”, me encontraba exhausta a causa de la emoción transcurrida hasta el momento. Me detuve un instante en una cafetería para comprar un mocca blanco (mi favorito) y seguí caminando disfrutando del ambiente vital de las mañanas en el centro de la ciudad, pasar por las pastelerías que desprendían el aroma a croissant recién hecho era toda una tentación.

Cogí mi móvil para mirar la hora (no acostumbraba a llevar reloj y menos en esta ocasión, para no caer en el horrible error de consultar la hora durante la entrevista), tenía un aviso gigante en la pantalla, ¡Mierda! Sabía que hoy se me había olvidad algo, la cita con el ginécologo era dentro de una hora y tenía que llegar hasta el barrio donde vivían mis padres, tiempo atrás había pensado en empadronarme en mi nuevo domicilio, pero al final por una razón u otra nunca lo había hecho. Me detuve delante de la boca de metro intentando calcular si llegaría a tiempo, pero tardaría más de una hora ahora que habían recortado los servicios, tenía que hacer tres interminables transbordos que siempre había aborrecido hacer cuando vivía con mis padres. Como una señal del destino, un taxi se paró delante de mí, al lado de un paso de cebra. Le miré para comprobar que aprobaba que me subiera, abrí la puerta a toda velocidad y me senté en el asiento trasero de detrás del copiloto.

Nunca me había sentido muy cómoda cogiendo taxis, no me gustaba el silencio incómodo que se generaba, ni tener que pensar constantemente en la ruta que tomar para asegurarme de que no intentaban llevarme por la ruta más larga, en general no me fiaba de los taxistas, ni de sus desorbitadas tarifas. Cogí el móvil para comprobar mi correo electrónico, y sin levantar la vista de él le indiqué al conductor la dirección, señalando la autovía que debía coger para llegar lo antes posible.

Después de lo que a mí me pareció una eternidad, llegué a la calle principal donde se encontraba en centro de salud, pagué al taxista y salí corriendo para no perder mi cita (habían tardado seis meses en dármela, no podía perderla otra vez). 

Al llegar, ya pude respirar el olor aséptico y el clima hostil que, a mi juicio, desprenden esta clase de lugares. Cogí el ascensor y llegué a la segunda planta, me conocía bien las consultas así que no tardé en encontrar la sala de mi ginecólogo. 

Tras esperar más de media hora (me podía haber ahorrado la carrera, y la del taxi también) salió una enfermera a recoger los volantes. Había cinco mujeres más esperando para la misma sala, dos de ellas embarazadas.

 Mi nerviosismo iba en aumento, necesitaba entrar a la consulta, con todos los nuevos acontecimientos casi había olvidado el tema que me traía hasta aquí, llevaba dos meses sin el período y era muy probable que estuviera embarazada.

 Había intentado borrarlo de mi cabeza. ¿Embarazada yo? ¿Cómo había podido dejar que me ocurriese algo semejante? Siempre había tenido cuidado, nunca me había expuesto a riesgos innecesarios, sin embargo, el retraso era inminente y mis síntomas, lapidarios.


lunes, 12 de mayo de 2014

El inicio de una historia

Abrí el documento de texto. Odiaba cada palabra que había escrito, era tan mediocre, tan predecible, que me provocaba náuseas. Supongo que es lo que pasa cuando escribes, no por deleite, sino por lucro ¿Pero, qué mas podía hacer? Apenas me alcanzaba el dinero para pagar el alquiler del piso, si es que podía llamarse piso a aquella habitación de treinta metros cuadrados a las afueras de la ciudad.

Cuando vi por primera vez el lugar, no pude ocultar el espanto en mi rostro, era completamente un viejo trastero lúgubre cubierto de polvo y de frialdad, lo menos parecido a un sitio habitable que había visto en toda mi vida, pero no podía permitirme otra cosa, así que acepté quedármelo.

Lo peor de todo fue la cara de mi padre al verlo, empezó a sacarle pegas a todo, que si la fontanería estaba en mal estado, el sistema eléctrico era peligroso, los saneamientos había que tirarlos... la verdad es que yo entendía poco de lo que estaba hablando pero cuando escuché cosas como que “no habría presión de agua cuando me duchase” o que “no podría tener muchos aparatos a la luz o saltarían los plomos” llamé inmediatamente al propietario y le dejé entendiéndose con mi padre.

Al final arreglaron bastantes cosas antes de que me mudase, y una vez se quedó la habitación vacía de trastos, mi padre y yo nos pusimos manos a la obra. Pintamos las paredes de color salmón clarito, él, que se había dedicado toda su vida a la albañilería, me alicató el mini cuarto de baño con unos azulejos preciosos que encontramos de oferta en una fábrica de las afueras, y con eso y unos muebles de Ikea,que casi hacen que perdamos la cabeza al intentar montar, lo habíamos transformado en un bonito "apartamento". Mi estado era eufórico, dado que era la primera cosa que me pertenecía sólo a mí, el inicio de mi ansiada independencia. Y ahora no podía ni permitirme eso, estaba a punto de perder lo poco que había conseguido en la vida.

No podía volver a casa, el recuerdo del año que había pasado después de licenciarme me asfixiaba, necesitaba la independencia que tanto me había costado conseguir, retroceder no era una opción.

Mi móvil no paraba de sonar, pero no me hacía falta mirarlo para saber quién era. Contesté a los mensajes y puse el móvil en silencio, tenía que concentrarme en escribir. Después de media hora ante el teclado, escribiendo palabras forzadas y borrándolas en el acto, decidí que necesitaba salir a tomar el aire. Me gusta mi barrio, no está mal comunicado con el centro, es pequeño y muy acogedor, y tiene un pequeño lago escondido que poca gente conoce y que es algo así como una de mis siete maravillas.

Caminé por el parque que me conducía hasta él, un parque natural atravesado por un estrecho riachuelo. Tras haber andado más de media hora, llegué al lago, escondido entre los matorrales, recibiéndome con su gran calma e invitándome a la evasión. Me gustaba sentarme cerca de la orilla y observar la quietud de las aguas, y a las ocas danzando sobre su superficie con gran majestuosidad. Sí, aquel lugar era, sin lugar a dudas, una de mis siete maravillas.

Cuando empezó a anochecer, regresé a casa, liberada, como si me hubiera quitado una gran carga de mis hombros. Al llegar vi mi teléfono parpadeando sobre la pequeña mesa de la sala, había olvidado por completo llevarme el móvil, cosa que no era muy usual en mí. 

Más mensajes, esta vez de preocupación ante mi prolongada ausencia. También había una llamada de un número desconocido de hacía poco más de media hora, pero ya eran las nueve, tarde para intentar averiguar de quién se trata.