Aquel cuarto parecía el de una niña de once años, giró la cabeza y un gran oso rosa de peluche le propinó un sobresalto. Luego giró la cabeza hacia el otro lado, allí estaba ella, dormía profundamente haciendo un ruido casi mecánico. Su pelo grasiento le resbalaba por los hombros, y en aquella postura fetal era mucho más fea de lo que él creía.
¿Por qué había pasado la noche con ella? No lo sabía, simplemente había acabado tomando una copa en su casa y, sin preverlo, acabaron en su cuarto. Si de algo estaba seguro él era de que lo último que quería sería tener sexo con aquella chica, pero cuando ésta apagó la luz, sus sentidos empezaron a traicionarle y una enorme excitación recorrió su cuerpo.
Entonces ella se abalanzó sobre él y le mordisqueó el labio inferior, eso le encantó. Su excitación aumentaba por momentos. Ya no veía a aquella muchacha escuálida y feucha que tanto rechazo le producía. Solo podía sentir el suave tacto de sus manos, y de sus labios rozándole el cuello... Quería que ese momento durase para siempre, le fascinaba aquella situación y se sentía envuelto por un deseo que, hasta ahora, nadie había sido capaz de provocarle.
Hiceron el amor apasionadamente, probando cosas que jamás se hubiera atrevido a hacer con nadie. No le importaba lo que aquella chica pensara de él, por primera vez en su vida no tenía complejos. Se sentía deliciosamente guapo, sexy y deseable.
Cuando por fin ambos terminaron, ella encendió una luz de escritorio que tenía cerca de la cama. Entonces al verla allí, desnuda sobre el colchón, el asco le invadió, salió corriendo al baño fingiendo ganas de orinar, pero en realidad eran ganas de vomitar las que le invadían.
Se lavó la boca con jabón tratando de disimular el fuerte sabor había en ella, un sabor ajeno, asqueroso y nauseabundo. No le daba así tanto asco el imaginar que sus partes íntimas estarían recubiertas de la saliva de aquella chica <>- pensó.
Se levantó de la cama silenciosamente, cogió su ropa y se vistió en el recibidor para no hacer ruido. Abrió la puerta y se marchó, jurándose a sí mismo que jamás se acostaría de nuevo con ella.
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